lunes, abril 02, 2007

Gratitud hacia tres amigos

Francisco es un místico que vive apartado en las montañas y tiene la mirada más penetrante que jamás halla presenciado, porque no necesita demostrar nada a los demás ni, probablemente, a sí mismo.

Samuel es un pesimista que vive anclado en el barrio y que tiene una mirada sencilla pero profunda, curtida en el distanciamiento hacia un entorno que le ha sido ostil y que no dejaba crecer como persona.
Iván es un nihilista beat que se refugia en una fachada de pasotismo y rudeza pero con una mirada honesta que quiere salvar a aquellos en los que el cambio aún es posible.
Los tres viven en puntos de la isla que no tienen nada que ver entre sí. Los tres son inteligentes (quiero decir con esto que no parecen tinerfeños). Los tres desearían verme salir de mi carcomido y desmoralizado YO y que me deje arrastrar por las aguas del mundo. Gracias, chicos.

Imagenes varias y una (pequeña) reflexión






Siempre que uno sale de marcha se ve inmerso en un mercadeo sexual del que es muy difícil librarse. La presión es tan fuerte que hay que tener, como mínimo, un espíritu de hierro y una autoestima en condiciones para poder sobreponerse a ese competitivo clima de apariencias y superficialidades en el que las miradas le exigen a uno ser mejor que los demás.

Por una noche fuimos niños (paridas que tuvimos un grupito de filosofía en una noche de borrachera y un diálogo que no pertenece al tándem Spencer Tra

-Las pequeñas cosas son las más bravas.
-Heidegger es un hueso huesudo.
-Lo tuyo es tuyo y lo mío es mío y si puedo arrebatarte lo tuyo, lo haré.
-¡Alguien ha citado a Fernando Sánchez Dragó en el bar!
-Aquí el que no corre o calla o es cojo.
-En cosas de pareja la que manda es la almeja.
-Madrid merece una ruta guay.
-Los buenos supuestos están bien resueltos.
-El índice de alcoholemia es proporcional a la cachondidad.
-Lo importante es que los padres vean al hijo como un aliado y no como enemigo
-La ciencia es la muestra más evidente de que nos gusta establecer las reglas.
-Hay que hacer pliegues.
-Tengo una joya en mi casa que es una joya.
-Lo convencional y la potencia. Algunos estamos anclados en el solipsismo.
-Hoy no he ido a clase porque he estado releyendo unos artículos de Camus.
-Te pides tres rones y un refresco, 5,50.
-La frase “cariño, esta noche voy a hacer de ti una mujer” sólo funcionar si se tiene un referente.
-La “T” se escribe igual que las “MS” y la “E” igual que la “U”.
-Yo hago una “Q” y a tomar por culo.
-La caligrafía tiene que ver con el contexto histórico.
-A la gente que encasillas de entrada, son la nada.
-La gente de filosofía no pasa por clase, no se los ve en ningún acto cultural, ni en los cines, ni en los supermercados… ¡Joder, si te vas a pasar el día en internet, mejor estudia por la UNED!


***

Ingrid: gracias por decirme que yo soy la buena.
Iván: esa frase en ti sobra.
Ingrid: creo que tienes una mente populista.
Iván: esa afirmación necesita de un escolio.
Ingrid: tendré que darte la razón una vez más.
Iván: “La vida es bella” es un coñazo, además de tramposa, ñoña y lacrimosa.
Ingrid: a ti no te gusta porque no te gusta la gente.
Iván: yo no tengo la culpa de que todo el mundo esté equivocado.
Ingrid: tus criterios sólo son válidos para una revista de prepotentes.

domingo, febrero 25, 2007

Actrices del Hollywood clásico




domingo, febrero 04, 2007

Javier Muguerza, doctor honoris causa por la Universidad de La Laguna


Aviso para navegantes: el próximo mes de marzo, la Universidad de La Laguna investirá doctor honoris causa al filósofo Javier Muguerza Carpintier (1936- ), sin duda una de las leyendas vivas que han desfilado por la facultad de Filosofía de la ULL (y ya van unas cuantas). Discípulo de José Luis López Aranguren (1909-1996) y José Ferrater Mora (1912-1991), Javier Muguerza adquiere relevancia con la públicación de su trabajo La razón sin esperanza (1978). También Dirigió la revista Isegoría. Mugerza ha sido una de las figura que durante el último cuarto de siglo ha influido en la renovación del pensamiento colectivo español al traer, y dar a conocer en castellano, los trabajos publicados en otras lenguas sobre filosofía analítica, filosofía crítica y las corrientes morales y políticas que se desarrollaban en Europa, sin perder de vista las publicaciones en español. Gracias a él conocemos mucha de la filosofía producida fuera de las fronteras del castellano y tenemos la conciencia que, esa filosofía, también es criticable. La visión de la ética que ha desarrollado Muguerza da más importancia al disenso que al acuerdo, a la rebeldía que a la sumisión.
Javier Muguerza nació en Coín (Málaga) el 7 de julio de 1936. Se doctoró en filósofia por la Universidad de Madrid (1965) con la tesis La filosofía de Frege y el pensamiento contemporáneo, que fue dirigida por el catedrático Ángel González Álvarez. Comenzó su carrrera docente en la Universidad de La Laguna (Tenerife) y posteriormente en la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue director del Instituto de Filosofía del Centro Superior de Investigaciones Científicas y catedrático de Ética por la UNED de Madrid. Dirigió la revista filosófica Isegoría que trata de la moral y la política.Tomó relevancia con la publicación, en 1978 de su obra La razón sin esperanza y sus trabajos se enmarcan dentro del ámbito del pensamiento analítico como deja claro con su compilación La concepción analítica de la filosofía publicada (1974). Ha traducido los trabajos de Bertrand Russell (La filosofía del atomismo lógico, Ensayos sobre lógica y conocimiento) e hizo una crítica a la razón práctica que defendía George E. Moore y John Rawls (a quien Muguerza introdujo en España). Muestra la contradicción que existe en el mundo moderno entre la ética y la razón que, basándose en la crisis de la ilustración y sus valores, muestra la dimensión de la filosofía marxista. Esto quedaría reflejado en su obra La alternativa del disenso (1988) que fue incluida en la obra colectiva dirigida por Gregorio Peces Barba El fundamento de los derechos humanos. Muguerza define la perplejidad como una opción existencial que llega a tener orientaciones utópicas. Esto lo refleja en su Guía de perplejos que surge del camino recorrido entre la razón cerrada sobre sí y la razon comunicativa de Jürgen Habermas.El razonar de Muguerza deja entre ver la veta kantiana que lo atraviesa. Las tres Críticas de Muguerza, Crítica de la razón analítica, Crítica de la razón dialógica y Crítica de la razón onírica muestran que el hilo conductor entre ellas está basado en Kant al igual que su Imperativo a la disidencia. Renueva los pensamientos kantianos y plantea, nuevamente, sus interrogantes. Las respuestas dadas no son interesantes, lo son las que están por dar y la apuesta por la utópia. Éstas son algunas de las obras editadas por Mugueza: La concepción analítica de la filosofía, La razón sin esperanza, La alternativa del disenso, Desde la perplejidad (ensayos sobre la ética, la razón y el diálogo), Ética de la incertidumbre y El fundamento de los derechos humanos.
Asimismo, de las 13 tesis doctorales que Muguerza ha dirigido, una de ellas es la de José María Chamorro (Semántica y sistemas sociales, 1980), profesor de Semiótica y Filosofía del Lenguaje de la ULL que, precisamente, se jubila este año de 2007.

domingo, enero 28, 2007

Juan Claudio Acinas: "Si quieres la paz" (Disenso, nº 41, octubre de 2003)


La violencia estructural en que vive una amplísima mayoría del planeta, el sistema militarista que se realimenta a sí mismo y el odio que todos los Estados, incluso los que se precian de democráticos, expanden a mansalva, no sólo para dirigirlo contra hipotéticos enemigos exteriores, sino en primer lugar para anular la capacidad crítica de sus propios ‘súbditos’, son los tres pilares sobre los que se asienta la ‘implacable rueda de sangre y de fuego’ que azota a la parte más débil y más numerosa de la humanidad. La desobediencia civil, la resistencia no armada o la no-violencia, unidas a la reacción individual, reflexiva y solidaria contra el sistema del odio, son algunas de las tareas fundamentales de educación cívica para un nuevo arte de la paz.
George Orwell, de quien se celebra este año un polémico centenario, mostró en sus obras, entre otras cosas, la incesante manipulación que, desde siempre, el poder ha intentado ejercer a través del lenguaje. Acerca de lo cual, escribió: “El lenguaje político —y con variantes eso se aplica a todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas— está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y el asesinato respetable, y para dar la apariencia de solidez al viento puro”1. Así, vemos cómo, en Rebelión en la granja, los mandamientos subversivos que, al principio, rigen la nueva comunidad de los animales terminan por desaparecer en favor de un único lema, el que dice “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. Lo que se corresponde, en 1984, con las tres consignas que podían leerse sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad: La Guerra es la Paz, La Libertad es la Esclavitud y La Ignorancia es la Fuerza. En relación con lo cual, resulta curioso que algo similar es lo que hemos visto estos meses pasados en las proclamas de tantos halcones, cuando han pretendido convencernos de que para restablecer la legalidad internacional había que saltársela, cuando se han empeñado en que la mejor manera de proteger los derechos humanos era pisotearlos y que no teníamos otra opción que atacar para, preventivamente, defendernos de los sistemas defensivos de los demás. O, para hablar de nosotros mismos, de los súbditos, es lo que sucede también, paradójicamente, cada vez que decimos que no deseamos la guerra, que nadie la quiere, al tiempo que, por activa o por pasiva, permitimos todo aquello que —como la desigualdad, el militarismo o el odio— la provoca y ocasiona.

NO A LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL. Cualquier europeo o norteamericano al que se preguntara que si hubiese sabido con antelación que cinco mil personas iban a morir el 11 de septiembre en la torres gemelas de Nueva York, habría hecho algo por impedirlo, respondería categóricamente y de inmediato que sí. Sin embargo, lo que llama la atención es que hoy mismo, durante las próximas veinticuatro horas, y en las siguientes, y en las que durante los próximos años están por venir, sabemos a ciencia cierta que miles de niños van a morir por enfermedades relacionadas con la disentería y el agua en malas condiciones, y que esto podría ser erradicado de una forma barata y rápida tan sólo si hubiera voluntad política. Pero ¿dónde se ha ido esta voluntad? ¿qué hacemos para impedir que día tras día eso suceda?
El hambre, la miseria, la desigualdad son otras tantas figuras en las que la violencia también se manifiesta. “Los cientos de millones de personas que mueren todos los años de subalimentación aguda —afirma Jean Ziegler— mueren a causa de la injusta distribución de alimentos disponibles en el planeta”. Una desigualdad que, según este mismo investigador, es negativamente dinámica, en tanto que el nuestro es un mundo donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres. Algo que se puede comprobar cuando advertimos que “en 1960 el 20% de los habitantes más ricos del planeta disfrutaban de una renta treinta y un veces superior a la del 20% de los habitantes más pobres”, mientras que “en 1998 la renta del 20% más rico era ochenta y tres veces superior a la del 20% más pobre”2. Lo que, obviamente, tiene que ver con el hecho de que, por ejemplo, la esperanza de vida en Níger, Etiopía o Mozambique resulta ser inferior a los 45 años en tanto que en Estados Unidos, Reino Unido o España es superior a los 75 años3. Y todo ello, a su vez, como denuncia Vandana Shiva4, vinculado con una creciente biodevastación y con el robo sistemático de los recursos y fuentes alimenticias de las personas pobres del Tercer Mundo en beneficio de los gigantes empresariales de la globalización económica.

NO AL SISTEMA MILITARISTA. Y no sólo es eso. Porque si terrible es este “nuevo orden mundial” bajo el que, sólo en el 2002, tuvieron lugar unos veintitrés conflictos sangrientos que asolaron el planeta, no menos temor debería suscitar un sistema militar basado en la profesionalización de aquellos cuyo trabajo consiste precisamente en entrar en conflicto cuando éste acontece. Un sistema que, en sí mismo, alimentado por la industria armamentista y amparado por los más despiadados lobbies, encubre el germen de guerras futuras, pues contribuye a prepararlas, a desarrollarlas y perfeccionarlas, a volverlas más irracionalmente racionales. Con lo que, como ha observado Rafael Sánchez Ferlosio5, se invierte la analogía biológica de que la función crea el órgano, para ser éste, el órgano, “el que presiona fuertemente para regir la función”, y con ello, respecto a esta “insensatez de la autónoma gratuidad de la razón instrumental”, se acrecienta “la escabrosa sospecha de que las armas puedan ser la causa de la guerra”. ¿Qué otro significado puede tener que, por ejemplo, el presupuesto ordinario del Pentágono haya ascendido a 379 mil millones de dólares este mismo año? ¿Acaso alguien puede pensar que el mundo se ha vuelto más seguro por ello?
Parece sin duda que tenemos que tomar otro rumbo. Avanzar justo en una dirección contraria, que nos aleje de esa implacable rueda de sangre y de fuego. Perseverar, por ello, en una búsqueda como la que, en los inicios de la Primera Guerra Mundial, propusiera Bertrand Russell6, quien cuestionó la creencia en que una nación que no opone fuerza contra fuerza actúa por mera cobardía y está condenada a perder todo lo que de valor tiene su civilización. Muy al contrario, alegaba Russell, oponerse a la fuerza militar por medio de la desobediencia civil no sólo requiere más valentía, sino que es lo más adecuado que se puede hacer para evitar la degradación moral y preservar los mejores rasgos de la vida de un pueblo. Un pueblo que no considere que la miseria de los otros sea más importante que su propia felicidad. De modo que, pensaba Russell, tras una generación educada en los principios de la resistencia no armada, ésta, antes que un sistema militar tradicional, será la mejor defensa de una nación frente a la invasión de otra. Pues dicha defensa privaría de cualquier pretexto, de cualquier “excusa decente”, como la seguridad propia o la protección de los débiles, con la que se acostumbra justificar las agresiones más feroces. E igualmente, volvería ridículo el mismo empeño de conquista que, lejos de un sendero de gloria cuyo premio final no es otro que una medalla de hierro, se encontraría con una población tranquila que, con los brazos cruzados, simplemente rehusaría obedecer o colaborar con la maquinaria administrativa y militar del invasor.
Desde esta perspectiva, que armoniza con la estrategia gandhiana de la no-violencia y con muchas experiencias posteriores de resistencia civil, como las llevadas a cabo recientemente por Tute Bianche, nada es más falso que el célebre latinajo si vis pacem para bellum. En contra del cual, como enseñó Antonio Machado7 allá por 1937, siempre se podrá contestar que “si quieres la paz, procura que tus enemigos no quieran la guerra”, o dicho de otro modo: “procura no tener enemigos”, o mejor todavía: “procura tratar a tus vecinos con amor y justicia”. De manera que “si quieres la paz, prepárate para vivir en paz con todo el mundo”. Porque, entre otras razones, es una lección bien sabida que quien siembra vientos, recoge tempestades.

NO AL IDIOMA DEL ODIO. Es evidente, por ello, que si queremos un mundo sin guerras, debemos renunciar también a las semillas del odio. Porque todo despotismo, incluido el que se viste de democrático, necesita sembrar odio por doquier, y no sólo para dirigirlo contra los hipotéticos enemigos exteriores, sino, en primer lugar, para anular, para desactivar la capacidad crítica de quienes son instruidos en él. “La necesidad de odio —ha escrito Leszek Kolakowski— se explica porque éste destruye interiormente a quien odia, lo deja moralmente desamparado frente al Estado, porque equivale a una autoaniquilación, a un suicidio espiritual, y con ello arranca las raíces de la solidaridad entre los mismos que odian”8.
Así, mientras que ser crítico significa disponer de cierta capacidad de reflexión para alejarnos un poco de las situaciones y diferenciar entre las cosas, el odio nos vuelve sordos y ciegos, y tanto hacia nosotros mismos como hacia aquello a lo que odiamos, esto es, nos vuelve incapaces de cualquier distancia, de cualquier diferenciación, nos persuade fatídicamente de “nuestra total e incondicional valía” frente “a la total, incondicional e incurable infamia de los demás”. En oposición a lo cual, para poner fin a tan absurda parcialidad, hemos de convencernos de que de nada sirve confiar en los Estados, en las leyes ni en ninguna institución u orden ministerial. Porque vencer al odio es algo que, en primer lugar y ante todo, depende de cada uno de nosotros. Y restringir en nosotros mismos ese mal, negarnos a hablar su envenenado idioma, como cree el propio Kolakowski, “contribuye a limitarlo en la sociedad y realiza de este modo en sí una insegura y frágil anticipación de una vida más soportable en nuestra nave de locos”.
Todas esas son algunas de las tareas fundamentales de una educación cívica, de un nuevo arte de la paz, que nos haga entender, entre otras cosas, que responder a la violencia con violencia significa agravar sus efectos más todavía, que no debemos servirnos de los demás como instrumentos para nuestro propio beneficio y que la constatación del mal en el mundo no es una excusa para aceptarlo en nosotros mismos. He ahí el quid de la cuestión. Algo que, en su día, ya enseñó Gandhi, cuando dijo que nuestro esfuerzo debe estar dirigido, aquí y ahora, a ser nosotros mismos ese nuevo cambio que mañana deseamos ver. Así de sencillo.
________________
(1) Citado por C. Hitchens, en La victoria de Orwell, Emecé, Barcelona, 2003 (2002), pp. 83-84.
(2) J. Ziegler: El hambre en el mundo explicada a mi hijo, Muchnik, Barcelona, 1999, pp. 118 y 120. En un libro reciente de este mismo autor, Los nuevos amos del mundo —Destino, Barcelona, 2003 (2002), pp. 72-73—, también podemos leer: “En 2002, el 20% de la población del mundo acapara más del 80% de sus riquezas, posee más del 80% de los automóviles en circulación y consume el 60% de la energía utilizada. El resto de la población, más de mil millones de hombres, mujeres y niños, deben repartirse el 1% de la renta mundial”. Encontrándonos con que en “el Tercer Mundo, la pobreza avanza de forma fulgurante: en tan sólo una década, el número de los seres humanos que viven en la pobreza extrema ha aumentado en casi 100 millones”.
(3) Cfr., S. Cordellier y B. Didiot (coords.): El estado del mundo 2003. Anuario económico geopolítico mundial, Akal, Madrid, 2002.
(4) Cfr. V. Shiva: Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos, Paidos, Barcelona, 2003 (2000).
(5) R. Sánchez Ferlosio: “Campo de Marte”, La hija de la guerra y la madre de la patria, Destino, Barcelona, 2002, p. 209.
(6) Cfr. B. Russell: “War and Non-Resistance” (1915), Justice in War Time, The Open Court Publishing Company, Chicago, 1917, pp. 38-57.
(7) A. Machado: Juan de Mairena, vol., II, Cátedra, Madrid, 1986 (1936-1938), pp. 72-73.
(8) L. Kolakowski: “Educación para el odio, educación para la dignidad”, La modernidad siempre a prueba, Vuelta, México, 1990, pp. 344, 345 y 348. El odio, escribió O. Wilde en De Profundis —Muchnik, Barcelona, 1997 (1905), p. 73—, “considerado desde el punto de vista de las emociones, es una atrofia que acaba con todo, excepto consigo mismo”. Precisamente, por todo eso, T. Terzani, en Cartas contra la guerra —RBA, Barcelona, 2002, p. 152—, reivindica el significado original de la yihad, que, antes que la guerra santa contra el enemigo exterior, apela a “la guerra santa interior contra los instintos y las pasiones humanos más bajos”.

Jorge Rodríguez Guerra: "Los procesos de remercantilización y su efecto sobre el pacto social de la posguerra" (Disenso, nº 41, octubre de 2003)

La globalización es un fenómeno multidimensional, heterogéneo, contradictorio y con resultados diversos según sean los espacios socioeconómicos en que penetra. De sus múltiples dimensiones, el presente artículo trata de lo que tal vez tenga un carácter nuclear: la mercantilización de todos los órdenes de la vida socioeconómica, lo que incluye especialmente la remercantilización de los procesos socioeconómicos que habían sido total o parcialmente desmercantilizados por el desarrollo del Estado de Bienestar. Esto tiene enormes consecuencias sobre la ‘cuestión social’, cuyo análisis a partir de los años ’70 está focalizado en el fenómeno de la ‘exclusión social’, que será objeto de un artículo posterior.
Se puede subsumir en el concepto de globalización el conjunto de transformaciones experimentado por el capitalismo avanzado, y por extensión la economía mundial, desde la década de los ’70 hasta la actualidad. Estos cambios han sido esencialmente de orden económico y han afectado tanto al proceso de producción —crisis del fordismo y aparición de nuevas formas de organización del trabajo y la producción, introducción masiva de nuevas tecnologías de la información, etcétera— como al de circulación —disminución de trabas y obstáculos a la libre circulación del capital (muy especialmente del financiero), intensificación del comercio mundial (particularmente entre los propios países capitalistas avanzados) y enorme aceleración del proceso de circulación, entre otros—.Todo esto ha tenido, naturalmente, notables efectos sobre los órdenes político e ideológico de la sociedad. A su vez, la ascensión hasta una posición hegemónica de la ideología neoliberal —cuyo programa político de los últimos treinta años ha sido precisamente la globalización— y la participación muy activa del Estado en la conformación de un nuevo modelo de acumulación que superara las enormes deficiencias que desde finales de los ’60 empezó a mostrar el fordismo, han jugado un papel esencial en la reorganización de la estructura económica y sociopolítica de las sociedades del capitalismo avanzado y, subsidiariamente, de todo el mundo.
LA REMERCANTILIZACIÓN. La globalización es, ante todo, un proceso de remercantilización. El diagnóstico que realizan el capital y el neoliberalismo de la crisis económica de los ’70 se centra en responsabilizar a la intervención del Estado de los problemas serios para la acumulación de capital que sufrían las economías capitalistas avanzadas: no aumento de la productividad, estancamiento —cuando no descenso— del crecimiento económico, desempleo, inflación, indisciplina laboral, pérdida de la ética del trabajo, hedonismo, etcétera. Según este análisis, la responsabilidad del Estado estaba, más concretamente, en las constricciones que éste había ido estableciendo a la libre actuación del capital en la regulación de los mercados y, muy especialmente, del mercado de trabajo, en la protección y asistencia a los perjudicados por el desarrollo capitalista, en los déficit públicos y lo que esto suponía de drenaje de recursos susceptibles de ser utilizados más eficazmente en términos de inversión, además de sus consecuencias inflacionarias... En suma, el crecimiento y la omnipresencia de la intervención del Estado habían anulado las leyes del mercado, lo que había conducido a la crisis económica.La conclusión derivada de estos análisis defendía la necesidad de eliminar la intervención del Estado y su actividad reguladora. De esta forma se liberarían las fuerzas del mercado y esto daría lugar de nuevo al crecimiento económico y, consecuentemente, al bienestar social. A esta tarea se aplican todos los Gobiernos de los países capitalistas avanzados —y prácticamente de todo el mundo— desde finales del años ’70, aunque es preciso señalar que con distintos grados de entusiasmo, según sean liberal-conservadores o socialdemócratas y aún en el interior de estas dos grandes corrientes políticas. En cualquier caso, es obvio que donde más lejos se ha ido en la aplicación de este programa ha sido en países anglosajones como Estados Unidos, Gran Bretaña o Nueva Zelanda, así como en algunos países del llamado “Tercer Mundo”, como Chile o Argentina. No hay que despreciar, no obstante, el grado de aplicación de estos principios en nuestro propio país.Con todo, no se puede ignorar que este programa de remercantilización ha tenido un éxito práctico limitado, si exceptuamos algunos ámbitos concretos —libre circulación del capital financiero—; hoy, tres décadas después de su puesta en marcha, no se puede afirmar que tengamos menos Estado que antes. En todo caso se podría decir que tenemos más mercado y más Estado1, aunque éste último controla y regula de forma diferente y con objetivos parcialmente distintos. Cabe destacar, no obstante, que los ámbitos en los que con más intensidad, aunque de forma desigual, se ha avanzado son los de la desregulación del mercado de capitales, que se ha convertido en el pilar esencial de la actual fase de globalización capitalista, y del mercado de trabajo. De este último fenómeno es del que me ocuparé aquí por sus consecuencias directas sobre el Estado de Bienestar y la exclusión social.
EL ‘PACTO KEYNESIANO’. El llamado “pacto social keynesiano” de la posguerra mundial, fundamento último de la edad dorada del Estado de Bienestar entre los años ’50 y ’70 del siglo XX, tenía como presupuesto básico un gran acuerdo fáctico, no exento de problemas y contradicciones, entre el capital y el trabajo. El objetivo esencial del mismo era la consecución de aumentos constantes de productividad en un clima de paz laboral y social, a cambio de seguridad y estabilidad en el empleo (si bien es verdad que adulto y masculino), aumentos salariales relacionados con los aumentos de productividad, seguros de desempleo, accidente o enfermedad, pensiones de jubilación garantizadas, derecho a la negociación colectiva y, por tanto, participación —aunque limitada— de los trabajadores en la definición de sus condiciones de trabajo y reconocimiento y protección de los derechos sindicales.En todo este proceso el Estado actuaba no sólo como impulsor de este gran acuerdo sino también como garante del mismo, al tiempo que institucionalizaba y normativizaba sus rasgos esenciales. Esto lo hizo principalmente a través del desarrollo del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Además de todo ello, el Estado complementaba la protección y mejora del bienestar del conjunto de la sociedad, particularmente de la población trabajadora, mediante el llamado “salario social”: educación y sanidad gratuitas, ayudas a la vivienda, al transporte, etcétera. En suma, los trabajadores, como señala R. Castel2, pasaron del contrato al estatuto; esto es, las relaciones laborales dejaron de ser puramente mercantiles para pasar a estar controladas y reguladas socialmente.
LA VUELTA AL CONTRATO. Pues bien, el intenso proceso de remercantilización que es la globalización ha erosionado fuertemente ese pacto, aunque desde luego no tanto como hubiera querido la nueva derecha y su retórica político-ideológica. Esto ha supuesto una cierta vuelta de los trabajadores al contrato (sobre todo, en el caso de los jóvenes, las mujeres, los mayores de 45 años, los inmigrantes, etcétera), la derogación de normas esenciales del Derecho del Trabajo y la notable transformación de muchos de sus preceptos. Elementos contemplados y regulados hasta ahora por el Derecho del Trabajo han pasado a formar parte del ámbito de competencias del Derecho Mercantil, y la protección y seguridad de los trabajadores se ha debilitado enormemente por causa del imperativo de la flexibilización del trabajo3.Se puede destacar la negociación colectiva como un ámbito en que este conjunto de transformaciones ha tenido unas repercusiones particularmente intensas; esto tiene una enorme importancia, porque aquélla era un factor esencial en la determinación de las condiciones de trabajo para un amplísimo conjunto de trabajadores. Al respecto señala A. Baylos que “la globalización se ha traducido, en primer lugar, en la despolitización de los procesos regulativos de las relaciones de trabajo, que se ‘escapan’ del campo de la actuación estatal y de la regulación que éste realiza, y evitan así mismo la emanación de normas procedentes de la autonomía colectiva”4. Esto es, la regulación de las relaciones laborales, debido al autoalejamiento del Estado, está cada vez más centrada en la propia empresa, sin que, por otro lado, sea la negociación colectiva entre el capital y el trabajo la institución de la que emanan las normas, sino que éstas se generan por la simple iniciativa empresarial. Así, continúa Baylos: “la empresa no es sólo el centro de referencia del sistema económico, sino que en este contexto globalizador se convierte en el lugar típico de reglas sobre las relaciones de trabajo. Su autoridad se expresa en el carácter unilateral de las mismas, en un poder no intervenido ni controlado colectivamente”5. En su caso más extremo —cada vez más frecuente, por otra parte— esta degradación de la negociación colectiva está dando lugar a la individualización de las relaciones laborales, el sueño de todo patrón: cada trabajador solo y aislado negocia sus condiciones de trabajo con su empleador6. Todo esto está dando lugar a una enorme degradación y precarización del empleo con sus consecuencias en forma de inseguridad personal y social, aumento de la desigualdad y riesgo permanente de exclusión social.
EL DESEMPLEO. No acaban aquí, sin embargo, los problemas para el empleo derivados de los actuales procesos de globalización. Otra gran consecuencia, cada vez más intensa, es la del desempleo, sea éste de larga o de corta duración. El desempleo no es un fenómeno natural, como con frecuencia se nos trata de hacer creer —piénsese en la llamada “tasa natural” de desempleo—. Es un problema definido histórica y socialmente7. Tiene su origen en la organización socioeconómica de una sociedad dada —y la definición política que se haga de lo mismo— y, más concretamente, en la forma dominante de organizar el trabajo que toda sociedad, sea cual sea su naturaleza, tiene que realizar para subsistir y, eventualmente, prosperar. Por tanto, el desempleo se puede eliminar o mantener en cifras y con características que lo hagan social, económica y políticamente manejables y/o deseables. Basta con cambiar la organización del trabajo socialmente necesaria y la definición de aquél.Ahora bien, el capitalismo organiza —y define— el trabajo en general y de forma dominante —y más aún desde su última reestructuración— no para producir estos o aquellos bienes y servicios necesarios para sociedad, sino para obtener ganancias del mismo. Por esta razón, el empleo no responde —o lo hace sólo subsidiariamente— a la necesidad de producción de bienes y servicios, ni al deseo de crear un mecanismo para que las personas sean útiles a la sociedad, se integren en su seno y se ganen su sustento. Por lo general, en esta sociedad sólo se crea empleo en la medida en que alguien pueda obtener rentabilidad de él.La reestructuración del modelo de acumulación de capital a la que hemos asistido en los últimos decenios —introducción masiva de nuevas tecnologías de la información, reorganización de los procesos de trabajo con el objetivo esencial de eliminar los tiempos muertos, trabajo flexible en función de la demanda del producto, etcétera— ha tenido como consecuencia fundamental la menor necesidad de fuerza de trabajo para mantener, y aún aumentar, los niveles de producción. Hasta tal punto el objetivo de reducir plantillas, de lograr empresas esbeltas, se ha vuelto importante que es frecuente que cuando una empresa anuncia una reestructuración de plantilla —es decir, el despido de un porcentaje notable de la misma— sus acciones suben en la Bolsa; si a esto añadimos la incorporación más o menos masiva de la mujer al mercado de trabajo, la consecuencia de todo ello ha sido un aumento sustancial de las tasas de desempleo.Como se sabe, en nuestra sociedad el empleo tiene dos funciones fundamentales8: en primer lugar, asignar a los individuos un lugar en la estructura social, y en segundo lugar, distribuir recursos económicos entre aquellos, que son la mayoría, que no tienen propiedad de la que vivir. El empleo, por tanto, es un factor de inclusión social de primer orden. Por esta razón, el desempleo, además de pobreza, trae aparejadas dificultades para la identidad individual y social, y para la integración social de los individuos que lo sufren. No debe sorprender, por tanto, que generalmente suponga exclusión y marginación social, pérdida de autoestima, deterioro de cualificaciones y hábitos de trabajo, indisciplina, desviación social, etcétera.
REESTRUCTURACIÓN. Estas consecuencias se intensifican, además, si tenemos en cuenta la reestructuración del Estado de Bienestar que se ha producido en las últimas décadas9. Puede afirmarse la existencia de un amplio consenso entre los especialistas en torno a que las respuestas de los diferentes Gobiernos a la crisis del Estado de Bienestar pueden resumirse en las siguientes, según la formulación de la P. Taylor-Gooby10: en primer lugar, corte de beneficios y ahorro de costes; en segundo lugar, políticas para generar ingresos adicionales; en tercer lugar, reforma managerialista de los servicios públicos, y en cuarto lugar, descentralización de la responsabilidad. Me ocuparé a continuación de comentar brevemente lo relativo al corte de beneficios y ahorro de costes y a la descentralización de la responsabilidad, y sólo en la medida en que interesa al objetivo de este trabajo.En definitiva, de lo que se ha tratado con la reestructuración del Estado de Bienestar ha sido de reducir el gasto público en protección social y de hacer más eficiente ese gasto en términos de análisis coste-beneficio (otra cosa es que, a estas alturas, pueda afirmarse que no se ha conseguido ninguno de los dos objetivos). No obstante, se han reformado algunos de los programas sociales más importantes, endureciendo por lo general sus condiciones de acceso y disfrute.El seguro de desempleo, por ejemplo, se ha recortado tanto mediante el aumento de las exigencias para su acceso, como en su cuantía o en el tiempo de su disfrute. Simultáneamente, se ha debilitado enormemente su carácter incondicional: los parados cada vez tienen que someterse a controles periódicos, casi no pueden rechazar ningún empleo que se les ofrezca —sea cual sea la naturaleza de éste— y deben someterse constantemente a cursos de reciclaje y/o actualización profesional. Todo ello con el objetivo de ligarlos más intensamente al mercado de trabajo y a la búsqueda de empleo, así como de reducir la carga financiera que suponen para el Estado. Algo parecido se podría decir de las pensiones de jubilación, etcétera.
POBREZA Y COMPROBACIÓN. Un elemento muy importante en este objetivo de recorte de gastos es el renacimiento de la vieja idea decimonónica del asistencialismo a la pobreza mediante el método de la comprobación de medios. Esto está dando cada vez más a un Estado de Bienestar dual y fragmentado que abandona el universalismo que en buena medida lo había caracterizado. El método de la comprobación de medios, por otra parte, encaja con el objetivo de la nueva derecha de reorientar los servicios sociales desde la clase media, que entiende que es su gran beneficiaria, hacia los pobres11. Se trata, en suma, de definir la política social del Estado como un programa de actuaciones pobre y destinado exclusivamente a los pobres, y muy especialmente a aquellos que muestran signos de incapacidad en relación con el régimen común de trabajo. Todo esto supone una enorme estigmatización social de la pobreza y, por tanto, la consolidación de la exclusión social.Debe precisarse, no obstante, que aquí lo que late es la también vieja distinción decimonónica entre pobres válidos y pobres inválidos12. Los pobres válidos son aquellos que están en condiciones de trabajar. De éstos no tendría que ocuparse el Estado: por sí mismos, empleándose, deben resolver su problema. Los pobres inválidos serían aquellos que por razones físicas y/o mentales no pueden ser empleables. De ellos sí debe ocuparse el Estado, aunque proporcionándoles un nivel económico de pura subsistencia y apartándolos de la corriente principal de la sociedad. En su extremo, la política social basada en la comprobación de medios consiste en la identificación de los pobres válidos y los pobres inválidos, con la finalidad de asistir solamente a estos últimos.Llegamos así al problema de la responsabilidad individual en la situación material de cada cual. No es otro que éste el objetivo esencial de la descentralización de la protección social —aunque se revista con el ropaje del acercamiento a las personas y sus circunstancias particulares—. Éste debe ser adecuadamente contextualizado; el individualismo en auge en nuestra sociedad no responde sólo, tal vez ni fundamentalmente, a un deseo de los sujetos de ser más libres y autónomos, de participar más en las decisiones que les afectan, sino que también —y quizá sobre todo— a un clima social derivado de la globalización, creado y alentado por el capital y el Estado, en conjunción con las fuerzas políticas e ideológicas afines a la nueva derecha., Según esta ideología, los individuos mediante su esfuerzo y su talento deben ser los responsables de su propio destino. Desde esta perspectiva, la descentralización no es otra cosa que tratar de ir consiguiendo que el Estado tenga cada vez menos responsabilidad en la protección social y que los individuos tengan progresivamente más.
Si se tiene presente esta sucinta exposición de la globalización y la concomitante reestructuración del Estado de Bienestar, no debe extrañar que la política social del Estado, de la que deben participar amplios sectores sociales, se esté replanteando en términos de inclusión y exclusión social. Enfocada la cuestión social en estos términos, ya no se trata tanto de eliminar o atenuar desigualdades sino de que ciertos conjuntos de ciudadanos no queden excluidos de forma duradera y transferible intergeneracionalmente de los beneficios del progreso económico y social. La desigualdad social y la explotación, que eran los problemas clásicos que definían la cuestión social, han pasado a un muy segundo plano. Lo que se persigue, en el mejor de los casos, es insertar en la sociedad —no importando tanto cuánto de desigualdad habite en ésta— a los grupos desfavorecidos, a los grandes perdedores de la globalización.
___________________
(1) Kjunle, S.: “La reconstrucción política de los Estados de Bienestar europeos”, en Moreno, L. (comp.): Unión Europea y Estado de Bienestar, CESIC, Madrid, 1997.
(2) Castel, R.: La metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado, Paidós, Buenos Aires, 1997.
(3) Ramos Quintana, M.: “Globalización de la economía y transformaciones del Derecho del Trabajo”, en Justicia Laboral, nº 10, mayo de 2002. Véase también Supiot A. (Coord.): Trabajo y empleo. Transformaciones del trabajo y futuro del trabajo en Europa, Tirant lo Blanch, Valencia, 1999.
(4) Baylos, A.: “Globalización y Derecho del Trabajo. Realidad y Proyecto”, en Cuadernos de Relaciones Laborales, nº 15, 1998, p. 23.
(5) Ibidem, p.23.
(6) Rodríguez Guerra, J.: “Reducción/reorganización del tiempo de trabajo, empleo y transformación social”, en Santana, L. (Coord.): Trabajo, educación y cultura, Pirámide, Madrid, 2001.
(7) Salais, R.: La invención del paro en Francia, MTSS, Madrid, 1992.
(8) Offe, C.: “¿Es el trabajo una categoría sociológica clave?, en Offe, C.: La sociedad del trabajo, Alianza, Madrid, 1992. También Castel, R.: La metamorfosis de la cuestión social.
(9) Rodríguez Guerra, J.: Capitalismo flexible y Estado de Bienestar, Comares, Granada, 2001, y Adelantado, J. (Coord.): Cambios en el Estado de Bienestar, Icaria, Barcelona, 2000.
(10) Taylor-Gooby, P.: “The Response of Government: Fragile Convergentce?”, en George, V.; y Taylor-Gooby, P.: European Welfare Policy, Macmillan, 1996.
(11) Snower, D.: “The Future of Welfare State”, en The Economic Journal, nº 103, 1993.
(12) Castel, R.: op. cit.

sábado, enero 27, 2007

Cinco grandísimas




No son Brad Pitt, ni George Clooney, pero son grandísimos actores. Y punto





sábado, enero 13, 2007

José Luis Escohotado Ibor, filósofo y republicano (filósofo entre los republicanos y republicano entre los filósofos)

¿Qué hubiera sido del siglo XX sin ellos?





Portada de 5 discos de Tom Waits





Cinco poetas del siglo XX





Filósofas




The Frankfurt Boys





domingo, diciembre 10, 2006

Algunas canciones de Aute (sólo para aburridos)

A vivir (Luis Eduardo Aute)

Nunca he creído en formulas ni en mensajes,
me gusta más jugar a la contradicción,
contra mí mismo voy a hacer una excepción,
intentaré ser más directo en el lenguaje,
en esta canción.
A vivir, a vivir
que la vida no es medida
ni porvenir.
A vivir, a vivir
que este mundo fue un segundo
del devenir.
Si he sido críptico y poco claro en los versos,
entono un mea culpa y suplico perdón
por ser ambiguo y aumentar la confusión
al proponer que la Razón del Universo
no es una ecuación.
Después de tanta palabra con doble filo
y de lecturas triples en cada renglón,
de esta escritura no se saca una lección
para que el estratega duerma bien tranquilo
con su solución.

Libertad (Luis Eduardo Aute)

Y van pasando los años
Y al fin la vida no puede ser
sólo un tiempo que hay que recorrer
a través del dolor y el placer;
quién nos compuso el engaño
de que existir es apostar a no perder.
Vivir es más que un derecho,
es el deber de no claudicar
el mandato de reflexionar
qué es nacer, qué es morir, qué es amar.
el hombre, por qué está hecho
y qué eres tú, libertad,
libertad, libertad, libertad.
La idea no es razonable,
tampoco el verbo fundamental;
¿es el alma principio o final,
o armonía del bien frente al mal?
qué es el amor insondable
que empuja al cuerpo a ser incógnita
inmortal.
El siglo está agonizando
y el testamento que va a dejar
es un orden que quiere ocultar
el preciso compás del azar;
a qué seguir respirando
si no estás tú, libertad,
Libertad, libertad, libertad.

No te desnudes todavía (Luis Eduardo Aute)

No te desnudes todavía,
espera un poco más
no tengas prisa, el tiempo
es algo que quedó detrás.
la eternidad es un latido,
un solo corazón,
el tuyo, el mío, abrazados,
en perfecta comunión.
Cuando el deseo estalle
como rompe una flor
te quitaré el vestido,
te cubriré de amor
y en la espera, te pediría
no te desnudes todavía,
no te desnudes, todavía no.
No quiero aún que me descubras
toda la verdad,
que la verdad no es lo evidente
sino su mitad.
quiero mirarte con los ojos
del amanecer,
como la noche mira el día
que tarda en nacer.
Cuando el deseo estalle...

Dentro (Luis Eduardo Aute)

A veces recuerdo tu imagen
desnuda en la noche vacía,
tu cuerpo sin peso se abre
y abrazo mi propia mentira.
Así me reanuda la sangre
tensando la canción dormida,
mis dedos aprietan, amantes,
un hondo compás de caricias.
Dentro me quemo por ti,
me vierto sin ti
y nace un muerto.
Mi mano ahuyentó soledad
estomando tu forma precisa,
la piel que te hice en el aire
recibe un temblor de semilla.
Un quieto cansancio me esparce,
tu imagen se borra enseguida,
me llena una ausencia de hambre
y un dulce calor de saliva.
Dentro me quemo por ti,
me vierto sin ti
y nace un muerto.

Rosas en el mar (Luis Eduardo Aute)

Voy buscando un amor
que quiera comprender
la alegría y el dolor,
la ira y el placer,
un bello amor sin un final
que olvidé para perdonar.
Es más fácil encontrar
rosas en el mar.
Rosas en el mar.
Voy buscando la razón
de tanta falsedad.
La mentira es obsesión
y falsa la verdad.
Qué ganarán, qué perderán,
si todo esto pasará.
Voy pidiendo libertad
y no quería oír.
Es una necesidad
para poder vivir.
La libertad, la libertad,
derecho de la humanidad.
Es más fácil encontrar
rosas en el mar...

Por otro día, también fuí feliz


Es verdad que está muy mal desearle la muerte a alguien, pero siempre se puede hacer una excepción; ésta es una de ellas. Eso es todo cuanto pensamos decir: un personaje de estas características no merece más atención por nuestra parte.