lunes, agosto 21, 2006

Barton Fink, de los hermanos Coen

Una de mis obligaciones como miembro del Aula de Cine de la Universidad de La Laguna es presentar películas y escribir sus correspondientes dípticos. De momento, sólo he presentado una, por lo que, del mismo modo, sólo he escrito un díptico, que es el que a continuación les reproduzco. Que lo disfruten:

Todo comenzó con Caín y Abel. Desde entonces el concepto de hermanos ha recorrido la historia en todas sus vertientes: inventiva (Orville y Wilbur Wright), pictórica (Antoine, Louis y Mathieu Le Nain), poética (Manuel y Antonio Machado), novelesca (Iván, Dmirtri y Aliocha Karamazov) e incluso, ay, política (George y Jeb Bush). No en vano el cine, también llamado el oficio del siglo XX, es hijo directo de los consanguíneos Louis y Auguste Lumière. En ese sentido los Coen no han patentado una marca (parafraseando a Marx —Groucho, desde luego—, la exclusividad de “hermanos” viene ya de muy atrás, posiblemente antes incluso que los mismos Caín y Abel); la novedad que ellos aportan reside en su inconfundible estilo, presente desde Sangre fácil (1984), su debut, un cuento texano revestido de humor negro y surrealismo blanco. Después de ellos, claro, surgirían los imitadores (Tom Dicillio o Jonas y Josh Pate, copia doble para un único film, El impostor).
Los Coen son, en esencia, unos bufones, aunque muchos no lo adviertan precisamente por el esteticismo con el que embadurnan todas sus películas, en más de una ocasión lindante con la fantasía. Estaríamos hablando, por tanto, del género indefinido, cuyo máximo exponente en el cine lo representa(ba) Roman Polanski, declarada referencia para los Coen. Desde esta perspectiva, señalada por el profesor Fernando de Felipe en su libro Joel y Ethan Coen. El cine Siamés (Glénat, 1999), “El punto máximo de esa relación […] ha sido hasta el momento Barton Fink, obra lúgubre, irónica y absurda a un tiempo, monumento fílmico de clara vocación oferente hacia el cine del maestro polaco”. Porque, lejos de las ideas fundamentales sobre las que se construye su argumento (el bloqueo mental del escritor, el homenaje al cine negro o la caricatura salvaje hacia el mundillo hollywoodiense), Barton Fink es una excusa que sirve a sus creadores para salirse del encorsetamiento de los géneros, sometiendo a sus personajes (y, por ende, al mismo espectador) al denominado principio de incertidumbre polanskiano.
La película, situada en los años 40, se centra en uno de los escalafones más bajos que anidan en Hollywood, el de los guionistas, muchos de ellos escritores de prestigio —véase, si no, la brutal parodia que se efectúa hacia gente como William Faulkner o Francis Scott Fitzgerald—, llamados a trabajar de forma puramente artesanal. De hecho, la literatura recorre de forma omnipresente todo el metraje, hasta el punto de que su desasosegador desenlace, curiosa mezcla de existencialismo pasado por el filtro del cine negro, parece concebido por el mismísimo Kafka. Mención especial merece la alucinante fotografía firmada por Roger Deakins, inspirada en la hermética pintura de Edward Hopper (atención a los planos rodados en el interior del hotel), así como los trabajos de cuantos componen el reparto. Para finalizar, y a modo de anécdota, decir que el presidente del jurado que concedió la Palma de Oro a los Coen fue Roman Polanski: ¿algo más que una casualidad?