sábado, septiembre 02, 2006

Democracia y fiestas

A estas alturas, no es ninguna sorpresa que las fiestas tuvieron un origen fundamentalmente religioso, de ahí que estuviesen vinculadas a fenómenos naturales, tales como la trayectoria del sol o las fases de la luna (al menos así fue en las culturas del Próximo Oriente y en las primeras de la virgen Europa). Con posterioridad tuvieron lugar las fiestas civiles, que servían para conmemorar acontecimientos históricos, y que con el tiempo terminaron imponiéndose a las fiestas religiosas. Según la definición del diccionario, la fiesta se caracteriza por una interrupción total o parcial del trabajo y de la actividad cotidiana, y esta interrupción puede estar acompaña de ceremonias públicas y privadas, así como de banquetes/ayunos, desfiles, bailes, discursos, etcétera. Obviamente, si hacemos una encuesta a pie de calle, la gente, en su aplastante mayoría, defenderá el sentido de las fiestas, unos por su implicación directa en la misma y tantos otros por el día de ocio que ello supone. Dado que cada uno es libre para defender lo que le parezca (¡faltaría más!), no vamos a entrar en un ataque personal hacia la ingente cantidad de personas que es feliz sabiendo que siempre existirá un rincón dedicado a las solemnidades al que acudir. Lo cual tampoco nos impide ser críticos con el sentido real de las fiestas, que siempre han sido utilizadas con unos fines determinados, tales como los religiosos de sus inicios o los políticos de hoy día. Aquí, en Canarias, tenemos los Carnavales cada año como agua de mayo, y la gente los recibe sedienta del frenesí que suponen esas noches de borrachera y descontrol. En pocas palabras, de lo que se trata es de tener a la multitud alineada sin hacer ruido, pues ya se sabe que las neuronas, con un cubata en la mano, son menos. Pero estas son fiestas enfocadas sobre todo a la gran urbe y al público joven. Su reverso lo encontramos en las romerías que salpican todos y cada uno de los rincones de las islas, a las que curiosamente se suma siempre la elite política que disfruta del poder, y a la que una masa subdesarrollada (el público mayoritario de estos actos populachos) recibe y aplaude como si de estrellas del rock se tratasen. Un vaso de vino, unas papitas arrugadas y un voto más para las arcas: así funciona el sistema. Con elementos tan sencillos es como los burócratas mantienen el sillón y, por consiguiente, el trapicheo al que todo buen servidor del Estado aspira.