sábado, septiembre 02, 2006

La fiesta de los chivos

Es triste, pero así es: de cada comunidad autónoma siempre se ha tendido a resaltar los defectos o ticts más llamativos y las actitudes más frívolas que imperen en la misma a ojos del resto de los españoles. Aquí en Canarias tenemos, al menos, dos que sobresalen del resto: la consigna del plátano y, más especialmente, el Carnaval, considerada desde hace años la mayor fiesta colectiva que se celebra en Tenerife (mi interés se centrará en éste) y que, como algunos han señalado (no hace falta decir quiénes), “suponen una identificación de tal categoría que hoy no podríamos imaginarnos un Santa Cruz sin un gran Carnaval”. Identificación; no sé si realmente ésa es la palabra adecuada para describir tan magno evento. Quizás todavía fuese válida a principios del siglo XX, en los tiempos de Alfonso XIII, mientras el Carnaval gozaba de su máximo apogeo y se crearon a modo muy familiar las murgas, los disfraces y las cabalgatas (para, de paso, atraer a unos cuantos turistas curiosos) cuando se merecía dicho calificativo. En cambio, respecto a la situación actual, qué quieren que les diga, yo realmente me siento cualquier cosa menos identificado. Incluso, si me apuran un poco, me incomoda bastante, no ya por compadecer a las personas que vivan por los alrededores de la Plaza de España y a duras penas den a vasto con las “movidas” de los fines se semana, para encima tener que digerir cada año el atronador festival de ruido imparable que traen consigo estas fiestas, sino porque suponen un auténtico canto al consumismo de alcohol, drogas y violencia callejera, por no mencionar el proceso de castración intelectual y disciplinario que sufren los más jóvenes y que la España democrática fomenta con inquietante insistencia. Como bien decía Cela, “Los gobiernos, con manifiesta abdicación de sus funciones, agradecen y aplauden y apremian el que la masa se entorpezca aplicadamente para así poder manejarla con mayor facilidad”. Así pues, y como el próximo año tenemos elecciones, todo indica que en estos inminentes Carnavales se tirará la casa por la ventana. (En caso de ser así no se olviden: las gracias hay que dárselas a Zerolo y compañía).
Santa Cruz es una ciudad pequeña en la que, bien que mal, se intenta imitar torpemente los vicios más nocivos del país con el afán de querer estar a la misma altura que otras comunidades. ¿Qué ahora está de moda el botellón? Pues se ejerce con mayor exceso en las fiestas más conocidas, esto es, los Carnavales. Nos mueve, por tanto, el complejo de ser los últimos, la sensación de estar arrinconados: lo malo es que siempre entra pereza en imitar las costumbres más sanas. Además, si alguien piensa que estas fiestas son un reconocimiento a la identidad del Archipiélago anda muy equivocado, pues el concepto que se tiene de ellas en la Península va íntimamente ligado a lo más chabacano e insustancial, y es quizás por eso por lo que son reconocidas y el motivo por el que gente de otros puntos del país llegan hasta aquí con el fin de “olvidarse de los problemas” en medio de un caos de música marchosa, bailarinas esculturales, borrachos de todas las especies, delincuentes y violadores y un largo etcétera. (No es de extrañar, siguiendo con nuestra costumbre de ir por el mal camino, que cada año se acumulen más peleas, intentos de robos y demás atropellos, que fomentan en buena medida el descenso que el turismo más selecto está experimentando en la isla). Pero qué duda cabe de que el público que demanda estos macroencuentros alineantes es terriblemente numeroso, tanto que incluso han atendido sus demandas con la creación de otros pseudofestivales de igual o peor estofa. ¡Qué grata identificación para el pueblo canario! En una ocasión, el cineasta norteamericano Robert Altman sentenció: “Si tratas a la audiencia de tontos, se volverán tontos”. Yo creo que es evidente el trato que reciben aquí. Lo duro es que los jóvenes de hoy, saturados por estos fenómenos anticulturales ante los cuales se niegan a ver la evidencia de sus consecuencias, lo pagarán cuando se conviertan en los adultos del mañana. Más aún cuando existen infinidad de formas de diversión que no desemboquen en el embrutecimiento físico y mental.
P.D.: Esta reflexión fue escrita antes del segundo gran boom llegado desde Latinoamérica: nos referimos, claro está, a la cultura del reggaeton.