viernes, septiembre 15, 2006

Magnolia, de Paul Thomas Anderson (el Aula de Cine de la ULL la proyectará en octubre)

Empecemos por el principio; si no recuerdo mal, mi predilección por las anécdotas data de la dulce y trágica época escolar, ya que en estos años inciertos nada me agradaba tanto como escuchar a un compañero o compañera de una u otra clase narrar sus experiencias vitales o exponer sus reflexiones mientras recorríamos el patio o nos amodorrábamos en alguna esquinita silenciosa, lejos del ruido que provocaban los demás cuerpos en movimiento, sumidos por lo general en juegos vacuos y socializadores (aún a día de hoy mi postura en la vida continúa siendo la del oyente secundario, una actitud un tanto imperdonable en unos tiempos donde el modelo de éxito y competitividad que nos ha sido impuesto obliga a que acaparemos siempre el protagonismo absoluto): en cuanto veía que el discurso de una persona se me quedaba pequeño, iba en busca de otra que me entretuviese con el cuento deseado y deseante, y así sucesivamente.
Gracias a este curioso pasatiempo de la infancia (el cual, por otro lado, me dejaba sin muchos amigos, pues en el fondo no hacía más que exprimirlos) puede decirse que se desarrolló mi interés por las historias cruzadas y sin un argumento que obedeciese al clásico esquema de “principio + nudo + desenlace” ya que, tal y como sentenció Camilo José Cela, en la vida no existen los argumentos por la sencilla razón de que nuestro entorno cotidiano se basa única y exclusivamente en las reacciones humanas, o lo que es lo mismo, en los impulsos, sentimientos e ideas que nos llevan a maniobrar de una manera determinada y no a la inversa. Los psicólogos Miriam y Otto Ehrenberg terminarían por perfilar dicha idea con la siguiente afirmación: “En la búsqueda científica [y recordemos que hoy día la ciencia es quien tiene la última palabra sobre todo: ahí tenemos el ejemplo de la serie House] las personas han llegado a sobrevalorar lo que se denomina pensamiento puro y lógica fría y a menospreciar las emociones como una influencia negativa en lugar de aceptarlas como una fuerza necesaria y positiva”. Luego, queda claro que la razón y la pragmática no son quienes controlan las vueltas que da la vida, y así debió de entenderlo Paul Thomas Anderson (el director más interesante del reciente cine yanqui junto a Quentin Tarantino, otro maestro del relato corto) cuando escribió el guión de Magnolia, una película–río que comienza con ¡sorpresa! tres breves relatos que inciden en la casualidad y las acciones no calculadas. A partir de estos ejemplos, la película desarrolla una multiplicidad de tramas en torno a una compleja serie de personajes, a saber: un productor de televisión en el umbral de la muerte (Jason Robards), su joven y desolada esposa (Julianne Moore), su enfermero (Philip Seymour Hoffman) y su hijo perdido (Tom Cruise); el veterano conductor de un programa de preguntas y respuestas (Philip Baker Hall), su conflictiva hija (Melora Walters), un policía que se enamora de ella (John C. Reilly) y, finalmente, a un niño prodigio (Jeremy Blackman) y un ex niño prodigio (William H. Macy), ahogados en sus respectivos traumas.
Esta es la propuesta de un guión no demasiado brillante en diálogos, con lo que parece cumplirse el juicio de Josep Pla sobre la banalidad que salpica a toda convivencia humana, ya que, en última instancia, “la relación banal es positiva y relajante, contribuye a mantenerse en aquel punto de confusión mental que es indispensable para tener una buena salud e ir tirando en la vida”. Pero que el guión carezca de unos diálogos memorables no implica que el director no eleve su película a una categoría superior, y a ello contribuye sin duda el hábil uso del montaje (más cercano al cine de Oliver Stone que al del maestro natural de Anderson, el deteriorado Robert Altman) y la decidida voluntad de que Magnolia sea una obra coral (el protagonismo, algo inusual en el cine de hoy, es compartido). Mención especial merece la fantástica elección de Aimee Mann para interpretar los temas de la banda sonora: su voz cálida y tristona recorre como un camaleón esta —insistimos— notable reflexión sobre la soledad y miserias humanas provocadas por la falta de sinceridad con la que la gente afronta la vida. ¿Se puede pedir más?