martes, septiembre 12, 2006

Reflexiones de un fin de semana

Hace cosa de dos semanas, fui de acampada con los compañeros del trabajo; lo que voy a relatar en las siguientes líneas, no será, pues, una visión objetiva de los hechos, ya que se trata de mi visión (¡cuándo aprenderá el personal que el mundo nunca se aborda objetivamente!).
Pero empecemos por lo básico: la lista de los víveres, la cual incluía tres botellas de ron, una de whisky, cincuenta cervezas y, por supuesto, carne, mucha carne. En un principio yo me mostré reacio a ir, pues los recuerdos que tengo de otras acampadas son, a mí entender, bastante amargos, sobre todo por la aflicción que me provocaron los personajillos indignos y bellacos de los que me rodeaba en aquel entonces (ya hablaré en el futuro, en alguna parte, de esta “época oscura” de mi biografía). Al final cedí, pero no por participar de la borrachera deseada y deseante de los demás, sino para poder penetrar en esos rincones de la isla que ignoro por completo, y en ese sentido debo reconocer que se trataba de una oportunidad de oro. Dado que esto, dicho así, puede parecer la aburrida justificación de un viejo, vamos a especificar un poco. Vivimos en una isla, pero mucha gente aún no ha llegado a comprenderlo, de lo contrario es imposible de explicar que nunca salga del eje Santa Cruz-La Laguna o, en su defecto, Santa Cruz-Candelaria. Al menos así era antes, y al menos así lo entendieron mis progenitores legales, con los cuales sólo cruzaba el túnel de Güímar las veces en que debíamos coger el avión en el aeropuerto Reina Sofía. Así pues, de lo que trato ahora es de romper con el entorno cerrado (¡en una isla, que ya de por sí es cerrada y asfixiante!) en el que me movía: ¿qué la oportunidad se presenta con los cuatro (en realidad son nueve) elitistas del curro?: ¡pues adelante! Yo lo que quiero es explorar un poco la geografía que me fue vetada en mi niñez, contemplar los paisajes y las gentes que conforman lo que en realidad es Tenerife, pues a estas alturas sobra decir que la imagen más engañosa de la isla es la que proyecta Santa Cruz y el centro de La Laguna.
Aterrizamos en la zona (cerca del Teide, esa montañita por la que la gente de fuera nos suele citar) de noche, y lo cierto es que no vale la pena hablar más de esa primera toma de contacto: comimos, bebimos y pusimos música de la de antes (culpa mía). Nada más. Recuerdo que esa noche dormí bien, con la conciencia tranquila.
A la mañana siguiente me levanto temprano y me pongo a charlar un buen rato con las chicas. Hablar con mujeres es muy agradable, sobre todo cuando la atracción física no pisa el terreno intelectual (es que a mi me cuesta un montón disimularlo). Para ilustrar mejor esto que digo, vamos a reproducir un divertido diálogo de la película “Cuando Harry encontró a Sally”:
—HARRY: Por supuesto te darás cuenta de que nunca podremos ser amigos. Quiero decir que los hombres y las mujeres nunca podrán ser amigos porque siempre se interpone la parte sexual.
—SALLY: Estás equivocado; yo tengo muchos amigos varones y para nosotros el sexo no cuenta para nada.
—HARRY: No es cierto; sólo tú crees que es así.
—SALLY: ¿Insinúas que me acuesto con todos mis amigos sin ni siquiera saberlo?
—HARRY: No: lo que insinúo es que todos ellos quieren acostarse contigo.
—SALLY: No es cierto.
—HARRY: Sí, sí lo es.
—SALLY: ¿Y tú cómo lo sabes?
—HARRY: Porque ningún hombre puede ser amigo de una mujer a la que encuentre atractiva: siempre quiere acostarse con ella.
—SALLY: O sea que según tú un hombre sólo puede ser amigo de una mujer si no la encuentra atractiva.
—HARRY: No, tú también puedes querer acostarte con ellos.
—SALLY: ¿Y qué pasa cuándo no quieren acostarse contigo?
—HARRY: Eso no importa, porque el sexo siempre está presente, por lo que la amistad se ve condenada, y ése es el fin de la historia.
Con las chicas hablo, sobre todo, de adolescentes embarazadas y del difícil mundo laboral que nos espera; al menos una de estas dos obsesiones puedo entenderla.
Observo a la gente y veo la misma mierda de siempre, esto es, el maldito provincianismo en el que nos regocijamos a diestro y siniestro sin pestañear: papas, gofio, carne, alcohol y, sobre todo, hablar de banalidades, muchas banalidades. Parece interesar sólo la superficie, nada de esencias ni profundidades. Al final, algunos concluyen su retahíla con el siguiente mensaje: que Canarias es la cima de Universo, y que no se entiende cómo el resto de la humanidad puede perderse la grandiosidad de todo lo canario. En fin, para qué seguir…
Pero seamos justos: en el fondo, estos hombres y mujeres a los que me refiero no son malas personas: simplemente, se han dejado arrastrar por el confort anglosajón que nos ha sido impuesto y en ese proceso de adaptación han perdido sus propias señas de identidad, con lo cual lo que hacen no es más que mandar al sumidero las esperanzas que tiene toda sociedad para poder ser más justa y más libre, en la que el hombre no sea lobo para el hombre, y en la que los jefazos de las empresas y la industria puedan explotar a la masa bajo amparo de un sistema económico y político corruptos que les favorece. Eso es todo.
Al caer la noche, tiene lugar un suceso inesperado y agradable, aunque pensar esto último signifique disentir en grado sumo de la opinión mayoritaria que el resto de mis compañeros guardan para sí. La culpa del asunto la tiene el motor de gasolina que se trajeron para dar luz, armonía y felicidad a nuestra gris existencia nocturna: beber a oscuras o con linternas (porque eso es lo único que, al parecer, se tenía pensado para la noche) podía resultar muy soso, así que la solución pasaba por inundarlo todo de luz, mucha luz. Pero, ah, cometieron el error de pasar por alto un pequeño (gran) detalle: las leyes forestales, que están ahí, ocultas tras los pinos, esperando a que alguien las ignore, tal y como hicimos nosotros. Así que sucedió lo irremediable, esto es, que un guardia cuarentón pero de apariencia juvenil, con un llamativo pendiente en la oreja izquierda, nos prohibiese tajantemente el uso del motor de gasolina, prohibido como está en los parajes protegidos. La gente asintió, pero nada más irse se oyó una frase que recogía muy bien el sentir general de los afectados:
—Me cago en todos los putos verdes de mierda. Y en los rojos también. Coño, que lo único que saben hacer es estar en contra de todo y en dar por culo.
Dije más arriba que me agradó esta amonestación por lo que trajo consigo, esto es, que la gente no se limitase a la bebida y nada más (que es lo se hizo la noche anterior), en plan borrachera colectiva tipo La Laguna y demás similares, ya que al fin y al cabo no podíamos olvidar que nos encontrábamos en medio del bosque y que a oscuras daba morbillo hacer varias cosas… que la gente, por desgracia, no estaba dispuesta a hacer. Se acabó el motor, se acabó todo. Así de simple. Hablamos, eso sí, creándose un ambiente íntimo y humano, de esos que ya no se ven, al menos por aquí; de hecho, el último del que yo tengo constancia fue el que tuvo lugar la semana mítica en que estuvimos sin luz en el barrio por espacio de una semana, lo cual obligó a la gente a bajarse la guitarra, a cantar, a hacer juegos, y a no cumplir con los absurdos compromisos sociales que, a la hora de la verdad, no sirven para nada salvo para fardar. Así pues, puede decirse, que esa noche, a oscuras, fuimos, simplemente, personas (a algunos parece que les da miedo serlo).
Al día siguiente estábamos tan aburridos que terminamos hablando de política y de trabajo. Llegué a casa a eso de las seis, y al asomarme por el balcón me encuentro con el siguiente panorama:

¡Y pensar que hasta hace no mucho pensaba que todo Tenerife se hallaba concentrada en esta mísera imagen!

1 Comments:

At 30/9/08 15:48, Anonymous Anónimo said...

Puede ser que tu creas que la gente cambia cuando esta a oscuras sencillamente por que tu cabias cuando estas asi; pero que sepas que se puede igual de fribolo estando a plena luz como sumido en la mas absoluta oscuridad, y que a fin de cuentas esos cabios solo se producen en tu mente; quizas por que solo te muestras tal y como eres cuando estas a oscuras

 

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