jueves, septiembre 14, 2006

San Agustín: filosofía de la historia

Jueves 27 de abril. A las tres y media de la tarde da comienzo en el salón de grados de la Facultad la primera de las conferencias dedicadas a la filosofía medieval. Por lo que tengo entendido, la iniciativa nació de la voluntad de un grupo de alumnos —dos, para ser más exactos— empeñados en subsanar de alguna manera el perverso olvido con el que los programas de estudio de la Facultad tienen enclaustrado el pensamiento del medievo. El autor que inaugura este suculento curso es san Agustín de Hipona, y la conferencia corre a cargo de la mismísima decana de la Facultad de Filosofía, la incombustible Ángela Sierra González, en un gesto que, a todas luces, le honra como persona. Con la sala llena hasta algo más de la mitad (un veterano a estos actos me confirmó que el público asistente es mayor que en otras ocasiones), la decana (impecablemente vestida de un traje gris pálido y con un juvenil pañuelo atado alrededor del cuello) comienza su intervención, de la que pudimos extraer lo que sigue.
Acerca del autor. Lo primero que la decana se empeña en aclarar lo difícil que resulta desligar la utopía del pensamiento durante la larga época medieval (siglos V-XV), ya que la filosofía de estos años hace referencia a una rigurosa investigación de las abstracciones y no al estudio de las complejidades, consistentes en opiniones sobre la naturaleza de las cosas o acerca de cómo debería vivir el ser humano. En este sentido conviene tener muy presente que las principales fuentes de la filosofía medieval fueron, además de los autores clásicos, las religiones cristiana, judaica e islamista. Y el primero en practicar este nuevo método filosófico-teológico no será otro que Agustín de Hipona (354-430), uno de los más notables representantes de la primera filosofía cristiana (movimiento que tuvo una muy corta duración, en buena medida por culpa del propio Agustín, ya con él nace el cristianismo jerarquizado) y autor de una prolija obra escrita a lo largo de más de cuarenta años, entre las cuales hay dos que brillan con luz propia sobre las demás: su autobiografía, Las confesiones (397-401), donde narra sus primeros años y su conversión y, sobre todo, La ciudad de Dios (413-426), en la que formuló una filosofía teológica de la historia. En torno a esta segunda obra giró el contenido de la conferencia1.
“La ciudad de Dios” y su contexto. Auténtico paradigma de la utopía, así como de las relaciones entre la Iglesia y el Estado (en concreto la intromisión de la primera sobre el segundo), la obra representa una original síntesis entre los principios doctrinales del cristianismo y la herencia de la filosofía clásica. No hay que olvidar que Agustín de Hipona conoció la decadencia del Imperio romano y el inicio de la edad media y, de hecho, la obra fue escrita para responder a la crítica que los romanos no cristianos hacían a los cristianos, a quienes culpaban de la caída del Imperio por haber promovido el abandono del culto a los dioses romanos. Agustín de Hipona no aceptaba esta crítica y pensaba que el ocaso del Imperio romano se debía a otras causas más profundas, tales como la decadencia moral de Roma y el rechazo de los principios de vida que el cristianismo instauró (su conclusión es que el Imperio no es indispensable para el avance cristiano, pero tampoco debe representar un obstáculo). De este modo, La ciudad de Dios se erige en una reflexión sobre el Impero, así como en una alabanza del valor del cristianismo como única religión verdadera y en un reconocimiento de la providencia divina que permitió la gloria de Roma y su decadencia posterior. Redactada entre el 413 y el 426 en latín, la obra consta de 22 libros. Puesto que no sólo se trata de responder a una crisis de conciencia, los 10 primeros son una crítica de las prácticas pasadas, pues se dedica a polemizar sobre el panteísmo. En cuanto a los 12 restantes, en ellos hace un recorrido teológico de la historia, ocupándose en detallar el origen, destino y progreso de la Iglesia, a la que considera como oportuna sucesora del paganismo. Estos 12 libros fueron el vértice de la conferencia.
El Imperio, la política y la justicia. Para Agustín de Hipona el Imperio debe ser fundamentalmente neutro, y basa su argumento en la idea de que ninguna estructura es santa o diabólica en sí misma, sino que depende de la fe. Con esta afirmación Agustín de Hipona deslegitima el papel del Imperio y cierra la posibilidad de que éste pueda tener un papel providencial (como lo tendrían en el futuro España o Inglaterra), pues ello significaría el fracaso del cristianismo. La idea de que las estructuras sociales basan su existencia en los buenos propósitos y voluntades le lleva a plantear como realidades políticas Babilonia (el Estado) y Jerusalén (la Iglesia en la tierra celestial). Sin embargo, estas dos ciudades no son vistas como equivalentes, ya que en ambas pueden existir el bien y el mal (siempre ligados al ámbito de lo político), en especial Babilonia. Según Agustín de Hipona, todas las sociedades humanas son una combinación de estas dos ciudades (el bien y el mal), y su objetivo no es otro que el de confeccionar una filosofía de la historia cargada de elementos teológicos. En este contexto el objetivo último de la política (la cual existe porque existe el pecador) es evitar el caos, de ahí que el rol de las instituciones sea el de minimizar el desorden por medio de las acciones pacificadoras. Aquí la influencia de Platón es muy notable, hasta el punto que Agustín de Hipona parece “cristianizar” algunas de las tesis del platonismo clásico2. Mientras para el pensador griego el fin de la política debía consistir en su propia universalización, Agustín de Hipona contempla la justicia como el paso previo para llegar a la res pública. El problema es que la justicia proviene de Dios, de lo cual deduce que cuanto más se acerque la política al mandato divino, más cerca estará de Dios (por lo tanto, de la justicia). El esquema consiste en redefinir la república romana de Cicerón, aunque en este caso el análisis se salda con una visión muy pesimista, dado que para Agustín de Hipona la sociedad nunca alcanzará la verdadera justicia con la política de por medio.
El concepto de “gloria”. Así pues, queda apuntado que los sistema políticos son, en mayor o menor medida, una banda de ladrones y que para dejar de serlo hay que aproximarse al concepto divino de justicia; por este motivo señala como único ideal de convivencia la ciudad de Dios, ya que la ciudad de los hombres será el lugar que nos conduzca a la justicia o a la reconciliación. El Estado justo sólo puede ser un Estado cristiano y esto sólo puede conseguirse con una Iglesia esforzada en que el uso de la política sea un uso noble. Para ello se sirve del concepto de gloria, que la tradición legendaria de reyes y héroes ligaba al éxito en la guerra y al reconocimiento público. Para Agustín de Hipona ésta es una falsa gloria, porque la gloria que debe representar la ciudad de Dios es la de las buenas acciones, luego la que es superior desde el punto de vista moral y social al propio Estado. En este sentido, es evidente el papel de superioridad de la Iglesia como guía de la política y, por extensión, de la historia. Y para que esta relación tenga buenos resultados, la función de la autoridad política será la de reprimir a los que se rebelan contra la autoridad religiosa. Así, todos los brazos coercitivos tendrán el mismo objetivo, que no es otro que el de controlar a los injustos (la cuestión es si este control implica represión o no), ya que Agustín de Hipona entiende que la herejía forma parte del mal humano (justifica el castigo en el hecho de que es imposible erradicar el mal, que incluye al propio ejercicio político). La auténtica aspiración de Agustín de Hipona es conseguir un orden apolítico, carente de coerción y autoridad, pero sabe que esto es imposible, porque el mal forma parte de la historia. Así las cosas, el papel de la política se presenta, pues, como un mal menor. Algunos autores han señalado esta actitud de pesimista, aunque desde luego no es Hobbes (para quien el conflicto es la autonegación del otro). Antes que hablar en términos de pesimismo o positivismo, lo que hace Agustín de Hipona es acercar a la sociedad humana al espacio de la redención por medio de la represión. En cualquier caso, conviene distanciarlo del futuro papel que desempeñó la Inquisición, ya que si critica a la política es porque la considera injusta y ve a la Iglesia más cerca de la justicia (antepone los valores a los intereses, pues su intención no es que la Iglesia haga política, sino que la guíe).
Valoraciones. Es importante advertir que, más allá de la estructura narrativa de la obra (escrita en un estilo llamativo por su sinceridad y su belleza), Agustín de Hipona tuvo muy en cuenta las disputas teológicas de su tiempo y criticó las posturas de determinados filósofos, en especial las mantenidas por seguidores del maniqueísmo. Todo el libro se encuentra lleno de referencias a la Biblia y se inspira, especialmente, en el Evangelio según san Juan, en los distintos escritos de san Pablo, así como en las aportaciones de los apologistas cristianos Orígenes y Tertuliano
1Que La ciudad de Dios representa una de las más importantes obras de filosofía de carácter cristiano de la historia lo demuestra su influencia en los siglos posteriores, llegando a marcar algunas de las más importantes disputas teológicas medievales. Así, fue ampliamente utilizada por los más importantes representantes del humanismo y de la Reforma del siglo XVI, quienes encontraron en sus páginas la imagen ideal de la Iglesia y de la sociedad cristiana. Incluso el actual papa, Benedicto XVI, eligió este libro como tema de su tesis doctoral.
2Mientras Platón reclama que ética y política vayan unidos, Agustín propondrá la suma religión + política, aún a sabiendas de que ésta sea un ejercicio de lo corrupto.

1 Comments:

At 4/3/08 12:45, Blogger lucia said...

Con respecto a lo expuesto sobre "La Ciudad de Dios" de San Agustín, creo que tu comentario está errado. No se trata de una diferencia entre la Iglesia y el Estado sino (como lo dice la obra) es una diferencia entre Ciudad terrena y Ciudad divina. Lo que esta en juego es el fin escatológico. Los habitantes de la Ciudad terrena se olvidan de vivir de cara a Dios y vivien de acuerdo a intereses indivoduales, por oposición, los habitantes de la Ciudad de Dios viven pensando que su fin último es alcanzar la gloria del Señor.
Es cuestión de leer un poco nada más, te recomiendo que leas a Juan Cruz Cruz "Filosofía de la Historia"
Un beso
Lucía

 

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