domingo, septiembre 17, 2006

Santo Tomás de Aquino: pensamiento político

Jueves 27 de abril. Jornada maratoniana la de este día, pues aún no habíamos recobrado el aliento sobre san Agustín y su Ciudad de Dios y ya nos encontrábamos sumergidos en el pensamiento político de santo Tomás. Aunque el nivel de atención de quien esto escribe no decayó en ningún momento —a lo que contribuyó la lúcida, jocosa y brillante exposición por parte del conferenciante, don Domingo Fernández Agis, a nuestro entender uno de los valores más seguros de la Facultad—, hemos de decir que un sector del público no supo estar a la altura, con sus continuas idas y venidas a no se sabe muy bien dónde y el consiguiente abrir y cerrar de la puerta que a unos (entre los que me incluyo) tanto molesta. En fin, mejor vamos a dejarlo correr… En cuanto al discurso de Fernández Agis, más líquido y desgrasado que el pronunciado por la decana, pudimos entresacar lo que sigue.
El poder religioso. Mientras Roma fue una república (desde el 510 a.e. hasta Julio César) el esplendor y dominios griegos fueron notables, pero una vez iniciada la época del Imperio (recordemos, desde Julio César hasta el 476 d.e.) el protagonismo histórico (y, por ende, intelectual) recayó en la península itálica. De estos años, sin duda, lo más importante fue la consolidación de la Iglesia católica apostólica romana, o lo que es lo mismo, la institucionalización oficial del cristianismo —hasta entonces único— como empresa ligada al poder1. Tras la caída del Imperio Romano y la consiguiente proliferación de los pueblos germanos llegó el largo período de la historia conocido como Edad Media (siglos IV-XV), momento que la intocable Iglesia aprovechó para extender sus dominios a todos los aspectos de la vida cotidiana, de ahí el trasfondo teológico que subyace en las manifestaciones intelecto-culturales de estos años, como la pintura, la literatura, la ciencia y, por supuesto, la filosofía. En síntesis, lo que se hace es definir el dogma, lo que equivale a tener una opinión monoteísta y propia de las cosas (hasta el punto de que los herejes son aquellos que presentan algún tipo de divergencia al dogma). En este sentido, algunos traductores hicieron verdaderos esfuerzos por tratar de encajar el pensamiento de los “paganos” Platón y Aristóteles con el cristianismo, los cuales sufrieron reinterpretaciones más o menos discutibles por parte de unos y otros2. Y si Agustín de Hipona ha pasado como el que mejor supo adaptar la doctrina platónica a los nuevos tiempos, Tomás de Aquino, por su parte, se preocupará por difundir la enseñanza aristotélica y darle una dimensión especial, lo que no le resultará nada fácil dentro del ambiente opresor en el que se mueve.
Corriente estoica. El estoicismo fue la filosofía más influyente en el Imperio romano durante el periodo anterior al ascenso del cristianismo, quizá porque permite al cristianismo a superar su primera gran crisis, motivada porque el mundo no se acababa. Los estoicos, como los epicúreos, ponían el énfasis en la ética considerada como el principal ámbito de conocimiento, pero también desarrollaron teorías de lógica y física para respaldar sus doctrinas éticas. Su contribución más importante a la lógica consistió en acuñar el silogismo hipotético como un método de análisis. Sostenían que toda realidad es material, pero que la materia misma, que es pasiva, se distingue del principio activo o animado, logos, que concebían tanto como la razón divina y también como un tipo sutil de entidad material, un soplo o fuego que todo lo impregna, tal como el filósofo griego Heráclito había supuesto sería el principio cósmico. De acuerdo con los estoicos el alma humana es una manifestación del logos. Mantenían que vivir de acuerdo con la naturaleza o la razón es vivir conforme al orden divino del universo. La importancia de esta visión se aprecia en la parte que el estoicismo desempeñó en el desarrollo de una teoría de ley natural, que influyó poderosamente en la jurisprudencia romana. La base de la ética estoica es el principio, proclamado antes por los cínicos, de que el bien no está en los objetos externos, sino en la condición del alma en sí misma, en la sabiduría y dominio mediante los que una persona se libera de las pasiones y deseos que perturban la vida corriente. Las cuatro virtudes cardinales de la filosofía estoica son la sabiduría, el valor, la justicia y la templanza, una clasificación derivada de las enseñanzas de Platón. Un rasgo distintivo del estoicismo es su vocación cosmopolita. Todas las personas son manifestaciones de un espíritu universal y deben, según los estoicos, vivir en amor fraternal y ayudarse de buena gana unos a otros. Mantenían que diferencias externas, como la clase y la riqueza, no tienen ninguna importancia en las relaciones sociales. Así, antes del cristianismo, los estoicos reconocían y preconizaban la fraternidad de la humanidad y la igualdad natural de todos los seres humanos.
Evolución cultural hasta el siglo XIII (en síntesis). Ya en el reino visigodo (siglos VI-VIII) algunos intelectuales, como el obispo de Cartagena, que quejaban de la incultura generalizada, a pesar de contar con obras de derecho y restos arqueológicos de estimable valor. Aunque se vieron signos de cambios, como la ilustre figura de Isidoro de Sevilla (sin duda alguna el más grande de los intelectuales bárbaros, hasta el punto de que la difusión de su obra en el medievo sólo fue superada por la Biblia), la primera gran revolución cultural se produce, cronológicamente, bajo el reinado de Carlomagno (768-814), la cual influirá en zonas de Europa hasta entonces marginadas del pensamiento. Conviene matizar que se trata de una renovación impulsada por y para el poder, pues el emperador necesitaba reclutar a hombres que supiesen leer y escribir para que trabajasen de funcionarios y administradores. Es un momento en el que se va a producir una recuperación de la cultura clásica (en especial del latín literario, al que se dará una orientación cristiana), pero también estará presente la llamada “cultura popular” (y un síntoma de ello es que el propio Carlomagno sólo hablaba en germánico), que obligará la copia y difusión de manuscritos en lenguas vulgares. En el período que va del siglo IX al XII existe un cierto decaimiento de las manifestaciones culturales, en buena medida motivado por culpa de las segundas invasiones bárbaras, que produjeron un fuerte impacto en la actividad intelectual de estos años. Una de las consecuencias positivas de estas invasiones será el incremento de la actividad cultural en zonas periféricas, así como una mayor presencia del mundo islámico en el pensamiento europeo. A partir del siglo XI, la revolución agraria permite una cierta estabilidad política, económica y social que propiciará un fuerte desarrollo de las traducciones (Escuela de traductores de Toledo). La separación entre el pensamiento teológico y el filosófico se producirá entre los siglos XI-XII, cuando una serie de intelectuales plantean dudas distintas a las religiosas, sin por ello abandonar su fe y su cristianismo. La figura más importante en este sentido es Pedro Abelardo, autor de una serie de obras metafísicas que supondrán una ruptura con la etapa anterior, así como un claro antecedente de la futura orientación cultural: en el énfasis que puso en la discusión dialéctica, Abelardo seguía al filósofo y teólogo Juan Escoto Eriúgena y precedía al Tomás de Aquino. Su principal tesis dialéctica es que la verdad debe alcanzarse sopesando con rigor todos los aspectos de una cuestión. Los siglos XIII-XIV van a suponer la definitiva consolidación de la cultura con los intereses políticos y económicos, materializándose, por ejemplo, en el surgimiento de las primeras universidades, creadas por iniciativa de los estudiantes. También se mantiene una traducción de obras griegas e islámicas muy importante (las lenguas vernáculas, por su parte, triunfarán en el saber científico) y la separación entre el pensamiento filosófico y el teológico es cada vez mayor, pues si por algo se caracteriza el siglo XIII es por abandonar definitivamente la perspectiva bíblica (algo a lo que contribuyó en grado sumo la formación universitaria). Este será el escenario donde Tomás de Aquino desarrollará su pensamiento3. No nos detendremos en los datos de su vida (que, por lo demás, pueden consultarse en cualquier enciclopedia), sino a la obra que centró la conferencia: La monarquía.
El pensamiento político de Tomás de Aquino. Prácticamente se halla condensado en La monarquía (1265-1267), una obra no muy extensa que escribió en medio de la Suma contra Gentiles (1261-1264) y la Suma teológica (1265-1274) y que muchos han bautizado de menor, a pesar de que el mismo Tomás de Aquino la presentaba como la cuarta o quinta más importante de su producción. En ella trata de explicar la relación entre pensamiento y realidad política, que no siempre van unidos, estableciendo cuatro diferencias respecto al modelo aristotélico4, a saber:
a) Importancia de la familia, la comunidad y el reino, de manera que la ciudad pasa a ocupar un lugar secundario.
b) Importancia de la paz. Mientras Aristóteles parece resignado a la pervivencia del conflicto, para Aquino resulta inconcebible el ideal cívico en una guerra constante.
c) Idea de una comunidad de reinos (Aristóteles no contempla esta posibilidad, porque para él la única manera de unificar los reinos es mediante la guerra).
d) El ejercicio de la política entendido como un oficio. Aquino traslada la responsabilidad ficticia del pueblo en la elección del monarca a aquellos que realmente lo han designado como tal. Y para este ocupar este puesto no caben medias tintas: o se vale o no se vale.
Aunque se vea de forma más visible en “las sumas”, Tomás de Aquino sí que compartirá con Aristóteles la distinción que éste hace entre la democracia, la forma mala del gobierno de los muchos, y politeia, su contrario, la forma buena. El filósofo griego creía que las democracias caerían en un periodo de turbulencia e inestabilidad porque los pobres, que según su pensamiento se convertirían en la mayoría, intentarían conseguir una igualdad social y económica que ahogaría la iniciativa individual. Por el contrario, la politeia, con una clase media capaz de resolver con justicia conflictos entre ricos y pobres, permitiría el gobierno de los muchos sin los problemas y el caos asociados con los regímenes organizados. En este sentido, Aquino se distanciará de Platón.
En su búsqueda por lograr un equilibro entre lo moral, lo jurídico y lo político, Aquino tendrá muy presente a Pedro Abelardo, en especial su defensa del control de los actos humanos —la justa medida— para poder valorar de forma interna y externa el bien y el mal5. En este sentido, Aquino caracterizará al político como la figura capaz de sintetizar puntos de vista divergentes y cohesionar el poder (utilizando para ello la metáfora del rey pastor) con el fin de que el sumiso pueblo medieval sepa ver en él un signo de estabilidad, lo cual supondrá, a su vez, la permanencia o desaparición del propio político. Esta cualidad de saber estar por encima del honor y la notoriedad social que Aquino exige al poder político, en última instancia no persigue más que una única meta, que no es otra que la propia felicidad humana: o lo que es lo mismo, la relación de vida buena con vida virtuosa que ya expuso Aristóteles. Sin embargo, el mismo Aquino plantea, a su vez, los distintos impedimentos que frustran la posibilidad de llevar a cabo su proyecto político, a saber: la mutabilidad del ser humano, a la que podemos sumar los condicionantes que materialicen la idea de felicidad (no todo el mundo necesita las mismas distracciones para que su vida sea más agradable); la maldad de algunas voluntades dentro de la comunidad, que siempre estarán presentes y, por último, el obstáculo permanente para poder llevar a cabo una vida buena y que no es otro que la guerra.
1Constantino adoptó el catolicismo en el siglo IV porque era la única forma de atar el maremágnum de aquellos años. Una circunstancia que será hábilmente aprovechada por la Iglesia.
2Pese a que el neoplatonismo ejerció alguna influencia, especialmente sobre algunos pensadores islámicos primitivos, lo cierto es que Platón fue una figura mucho menos importante que Aristóteles. Aunque al principio de este periodo la mayoría de la obra aristotélica se había perdido en Europa, buena parte de ella fue descubierta a partir del siglo XII por los musulmanes, que habían entrado en contacto con la filosofía griega en el curso de la expansión del islam.
3Sin embargo no será el único autor célebre que dará el siglo XII, pues a su nombre debemos sumar, por ejemplo, los del poeta castellano Gonzalo de Berceo (1198-1264), el científico inglés Roger Bacon (1214-1294), el teólogo italiano san Buenaventura (1217-1274) y el otro gran pensador de su tiempo, el mallorquín Ramón Llull (1232-1316).
4Pese a que Aristóteles es la influencia más directa, Tomás de Aquino también tuvo otros referentes, como Platón, Agustín de Hipona o Pedro Lombardo.
5No obstante, conviene aclarar que en lo referido al aspecto político Pedro Abelardo era partidario de castigar públicamente las acciones pecaminosas. Esto demuestra que, a pesar de ser un avanzado para su tiempo, no pudo despojarse del predominio de lo político sobre lo individual (para que esto se produzca habrá que esperar hasta Petrarca). Aquino, por su parte, concebirá las ecuaciones “individualidad = racionalidad + libertad” y “sociabilidad = racionalidad + lenguaje”.

2 Comments:

At 30/4/09 09:39, Anonymous Anónimo said...

explique el pensamiento juridico de Tomas de Aquino

 
At 16/4/10 02:18, Anonymous Anónimo said...

la poleia que es politica o que

 

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