domingo, octubre 01, 2006

Avenidas (I). Avenida Príncipe de España (Ofra)

A continuación reproduzco una serie de viñetas muy inocentonas e ingenuas que escribí en los primeros años de instituto, allá por el bienio 1999-2001 (luego vino una quincena de oscuridad absoluta). Espero que los lectores (si es que a estas alturas aún queda alguno) sepan ser conscientes de que su discurso corresponde a una edad ya pasada.

Entre una mareante acumulación de ruidos de coches y las últimas novedades de música ruidosa que algún fanático tiene puesta al máximo volumen posible, Rodolfo Ribeiro, farmacéutico jubilado (y digno continuador, sin saberlo, de la senda trazada por los personajes de Nabokov), sentado en un banco junto su periódico de izquierdas, tenía pensamientos obscenos con la niña de doce años y tez blanquecina que se aburría con resignación a pocos metros de él, mientras su madre parloteaba con una chismosa vieja decrépita, vecina del portal.

El revoloteo y canto aislado de los pájaros es frecuente, especialmente en las ocasiones en que los jubilados y los borrachos ya entrados en años largaban alguna frase criticando a un sector del país (que solía ser respondida o por un fugaz apoyo o por una amplía contradicción), en tanto que los no oyentes miraban embobados el hirviente azul del cielo, aunque en alguna que otra ocasión desviaban la vista a las nalgas y los escotes de las muchachitas que continuamente transitaban la zona, sobre todo en aquella época en que bajaban a la playa por la mañana y subían al atardecer con el cuerpo, negro en algunas, quemado en otras, y lleno de arena en determinadas zonas.

Ésa era la mañana siguiente después de trascurrida la primera semana sin vacaciones, la misma en la que el niño Raúl se pinchó con la aguja que algún drogadicto dejó tirada en el césped; esto sucedió durante el camino a casa que emprendieron los chavales de la escuela, a eso de la media tarde, de los cuales, los más mayores, iban bebiendo botellas de cerveza que habían comprado previamente en un bar que olía a orín, tabaco y carne de vaca chamuscada, y cuyo final era terminar en los suelos de la avenida para que algún viejo anarquista con traje gris se tropezara y, una vez desplomado, se rompiera su torcida cadera.

Las hojas invadían los pasos del asfaltado pavimento en el que un reprimido sexual trajeado de etiqueta tarareaba la canción Pledging my love (en cuya cabeza sonaba con la voz de Johnny Ace de 1955 como si se hubiese extraído directamente del disco) y paseaba la nostalgia del pasado a través de las ágiles miradas que lanzaba a las parejas de jóvenes acomodados en los sucios bancos que, sin ningún tipo de preocupación, se magreaban, sobaban y metían mano por todas partes antes de ponerse a fornicar, igual que los salvajes animales en celo en que se habían transformado, bajo la espesa oscuridad que cubría un cielo negruzco con aroma a café puertorriqueño.

Aunque el invierno había dado señales de vida desde hacía una semana, el tiempo era caluroso, aunque eso a Gustavo le importaba un comino, pues estaba más pendiente de la dulce viejecita que consumía cocaína sentada en la parada de la guagua y de las chicas guapas que al agacharse enseñaban los tatuajes de la rabadilla, mientras los chicos mostraban los suyos en las piernas o en los hombros para fardar delante de sus amigos y mostrar lo machos que eran delante de las amigas, al tiempo que pensaba, bajo ese insólito sol invernal, lo confortable y acogedora que era la avenida periférica en algunas ocasiones.

Mientras los padres, embutidos en pijama y con alguna gabardina para refugiarse del fresco de la madrugada, sacaban los regalos de sus hijos del coche, seniles borrachos, botella de whisky, vodka o ginebra en mano, felices en su estado de embriaguez, cantaban y bailaban con arrugadas putas de baja extracción melodías de Frank Sinatra antes de realizar el acto carnal con ellas en alguna esquina o portón, y, posteriormente, tumbarse a dormir en cualquier banco que, con toda probabilidad, aún conserva los excrementos que las palomas dejaron ahí al mediodía.

Justamente ese día en el que la primavera comenzaba a florecer, una pandilla de chicos pataleaban su ira contra las papeleras y las farolas, para después pintarlas con rotuladores negros, aunque una vez se cansaban de hacer esto decidían quemar los contenedores de basura que estaban situados en la acera de enfrente; el que podría calificarse como jefe del grupo, un cabeza rapada lleno de zarcillos y algún que otro tatuaje, al ver pasar un perro tuerto del ojo izquierdo y al que le faltaba una pata trasera, le propinó tal patada en la cabeza al indefenso animal, que éste no supo sino responder con lastimosos aullidos estando tumbado en el suelo, babeando y con un tic semejante al parkinson en todo el cuerpo, mientras la pandilla se reía de él y la huesuda novia del cabeza rapada le metía la lengua hasta el fondo de la garganta por tan heroica hazaña.

Augusto, un quiosquero sesentón, un sadomasoquista más, no dejaba de mirar, igual que los restantes días del año, al niño de pelo rubicundo que hablaba con sus amigos sentado encima de un muro polvoriento situado al lado de la avenida, y que en ese preciso instante se recogía por lo tarde que era (la noche casi lo cubría todo), así que Augusto cerró rápidamente el quiosco, siguió al chico hasta su portal y allí lo agarró y se lo llevó a una esquina hedionda y mugrienta donde lo violó, en tanto que el niño sufría en silencio.