domingo, octubre 01, 2006

Avenidas (II). Avenida Reyes Católicos


Dice el diccionario que una avenida es una calle ancha de una ciudad, a menudo con árboles a los lados: no dudo de semejante definición, aunque faltaría añadir que las avenidas (y los bulevares, y los paseos, todo es lo mismo) pueden ser tramposas, como ésta, que de manera elegante engaña a la vista (en fin, otro engaño más ya no importa), produciendo en ella la sensación de ser menos ancha de lo que en realidad es al encontrarse situada en un espacio cerrado (altos edificios a ambos lados de la misma) y poseer una envidiable plaga de árboles infinitos que acentúan la sombra de la que el suelo se ve impregnada y sobre la que transcurren vidas que la pisotean insolentemente, junto a hojas resecas y pegajosas. Lo que no deja de resultar irónico, pues estas vidas no merecerían ser calificadas como tales, ya que no son más que fantasmas de lo que fueron en tiempos anteriores, con la excepción de contados esqueletos.
A pesar del permanente ir y venir de los automóviles, se respira cierto sosiego, un sosiego transparente cercano a la paz interior que uno busca en estos sitios por unos instantes, a lo que contribuye la escasez del bullicio, porque los fantasmas que pisotean las sombras aparecen y desaparecen de manera fugaz, casi sin que uno advierta su presencia, y ni tan siquiera teniendo tiempo de sentarse en un banco a descansar y ver cómo son los demás los que llevan sus prisas de un lado a otro; a veces son los esqueletos los que, a su pesar, deben hacer un alto en su camino, como aquél padre joven y calvo con camisa a cuadros que trata de consolar a su bebé en brazos mientras su mujer mantiene una conversación telefónica con su madre o esos dos homosexuales con camisetas apretadas y gafas de sol que están uno enfrente del otro, acomodados en los bancos, esperando impacientes a que venga su pareja, sin llegar a la evidencia de que son ellos mismos los que decidieron tener esa cita a ciegas.
El colorismo de los edificios, acompañado del vivo verde de los árboles, ejerce la función de estabilidad a las grises y empolvadas historias con fragancia a superchería que abuelos le narraban a sus nietos y a la senil soledad con la que hombres con arrugas y cicatrices contemplan el lento caer de las hojas, de la vida de los árboles a la sombra del suelo, a la vez que piensan en el tiempo, tiempo pasado y, como señaló Marcel Proust, perdido en muchas ocasiones, que únicamente persiste en la memoria y de la manera en que cada uno quiera volver a evocarlo, que será diferente a la anterior. Aunque de cuando en cuando supone un soplo de aire fresco observar los grandes pechos de las inalcanzables adolescentes recubiertos por prendas cada vez más ajustadas y provocadoras, que hacen casi imposible el florecimiento de una sana fantasía sexual, que se queda en eso, una simple fantasía, igual que cualquier pensamiento que se aleje de la rutina diaria.
Ya entrada la noche, que hoy ha venido apocada y tenue, quizás por la idea de no querer estropear el clima tan agradable creado esa tarde, los pocos fantasmas que daban muestras de vida se retiraron dando paso a un escenario lúgubre en el que los edificios y árboles perdieron su identidad, los automóviles dejaron desiertas las calles y los vendedores de pañuelos, vagabundos, drogadictos y demás parásitos se convertían en las tumbas de ese inequívoco cementerio del que no tardé en alejarme, sin dejar por ello de tomar nota de lo que veía.