domingo, octubre 01, 2006

Avenidas (III). Avenida Benito Pérez Armas

Era un escritor apenas leído en la actualidad más que por unos pocos, nacido en 1873, año de la I República española, y muerto en 1937, en plena Guerra Civil; sus novelas y cuentos giraban en torno a la temática regional. El caminante llega fresco al comienzo de la larga avenida que lleva su nombre, se acomoda en un incómodo banco y contempla con indiferencia el busto de Simón Bolívar, adornado con alguna que otra pintada y manchas producidas por la degradación del paso del tiempo y la falta de cuidado. Enfrente suya se encuentra la primera peluquería que recuerda haber visitado, esa a la que su padre le traía cuando él apenas era un chaval de medio palmo. Desde entonces no había vuelto ha pisarla, pero las imágenes sobre ella aún perduraban calientes en el horno de la cabeza: periódicos de derechas y el Interviú como únicas lecturas mientras se esperaba por el corte de pelo, viejos de aspecto desaliñado, de mal aliento y dientes amarillentos que fumaban continuamente puros baratos como clientes, y una estrecha amistad del joven padre con el joven dueño del local, hombre corpulento y de sonrisa permanente, que era quien solía cortar el pelo del caminante, bastante mal, por cierto.
Minutos después el caminante sonríe por el fugaz sentimiento de nostalgia, se levanta y continúa su ruta por la avenida. El cielo muestra un sol recién salido de las tripas del infierno, pero el viento que sopla es cortante y tenaz. El caminante se desliza a paso lento, pues la prisa era, en aquellos instantes, la menor de sus preocupaciones, y escucha, a través de un manido walkman, la canción Take this waltz de Leonard Cohen, según un poema de García Lorca (“There’s a concert hall in Vienna where your mouth had a thousand reviews / There’s a bar where the boys have stopped talking”). Al detenerse delante de un semáforo en rojo para los coches, contempla a una chica de trece o catorce años sentada en la parte trasera de un Mercedes verde botella que le deleita con gestos obscenos por medio de la lengua. El caminante tiene una agradable erección y le sonríe a la chica. La chica le recuerda a una actriz, pero no sabe a cual.
La avenida presenta, ciertamente, una apariencia sombría y gótica del siglo XIX, a lo cual contribuían las envejecidas hojas caídas de los árboles, y la gente, escasa, que anda con cara de pocos amigos, a lo mejor porque el día anterior el equipo de fútbol local perdió un partido con un resultado de escándalo. Y el caminante llega al cruce con la avenida Reyes Católicos, por lo que atraviesa tres o cuatro pasos de cebra para poder proseguir por Pérez Armas. Y luego la avenida Tres de Mayo, y otros tres o cuatro pasos de cebra, el doble quizás. Una barbaridad. Ahora ya no sopla el viento, y el sol muerde con una rabia inusitada.
Tramo final de la avenida: todo alrededor no son más que obras y más obras, todas apiñadas entre sí. Ya se alcanza a ver el Recinto Ferial, el lugar donde, entre otros tipos de acontecimientos culturales de absoluta relevancia social, el cantante Alejandro Sanz actúa cuando visita la isla; está ahí mismo, casi se puede tocar. El calor es insoportable, más aún con el olor repugnante a crudo y gasolina que desprende la refinería, que también puede tocarse. Pero el caminante hace de tripas corazón y prosigue su trayecto.
Conforme va avanzando, el caminante siente como el mar, inamovible en el fondo de su campo de visión (excelente cuadro si lo dibujara Monet), va acercándose a él, con su azul salado lamiéndose continuamente los poros de la piel. El sudor se desliza con gruesa suavidad y a borbotones por la frente del caminante, mientras escucha el crujir de la ingente cantidad de ramitas que dormitan en el suelo. No existe ni una sola nube que divisar en el cielo solitario, ni el aroma a coches y gentío.
Sentado en la Avenida de la Constitución, el caminante saca un sufrido cigarrillo, el último del paquete, y lo enciende. Tiene un hambre voraz, y el aroma del tabaco le revuelve el estómago; de hecho sólo fuma en los momentos en que se siente bien consigo mismo y para contemplar con parsimonia los últimos segundos de vida del humo gris alma volatilizarse en las esquinas del aire. Y este era uno de esos momentos. Al lado suyo hay un hombre valleinclanesco, bufanda blanca incluida, que contaba los números gordos de su vida con cierto desánimo.
No se extrañe usted: es que estoy muerto.
Vaya hombre, ¿y de qué murió?, pregunta el caminante.
De amor. Morí de amor.
También es casualidad: la peor y más dolorosa de las muertes.
El caminante se acuerda entonces de la niña de trece o catorce años del mercedes. Ya sabe a qué actriz le recordaba: era igualita que Elizabeth McGovern. O que Jennifer Connelly. Tiene una nueva erección, esta vez más potente y que exige a gritos salir de los pantalones y gozar del exterior. El caminante saca de su mochila la novela Rosalba y se pone a leer.