sábado, octubre 14, 2006

Frivolizando un rato: el premio Cervantes

Ahora que estos días han saturado los periódicos de todo el mundo con la lista de aspirantes al premio Nobel de Literatura 2006 (que finalmente ha recaído en el turco Orhan Pamuk), me ha dado por ponerme frívolo e insustancial y hacer cábalas en relación al premiete Cervantes (uno es así de provinciano, qué le vamos a hacer). Confieso que tardé bastante tiempo en darme cuenta del nulo valor que un premio literario, venga de donde venga, puede otorgar a la obra de un escritor, de ahí que hasta hace no mucho creyese que cualquiera que fuese acariciado por un un galardón de prestigio (Cervantes, Nobel, Príncipe de Asturias, Booker, etcétera) era, sin más, un monstruo sagrado de las letras. Dicho en otros términos: no era capaz de calibrar el marketing, el compadreo y el amiguismo que inunda a todo ese complicado mundillo. Por eso advierto en el título que el presente texto, más que una reflexión propiamente dicha, de lo que se trata es de un ejercicio de frivolidad semejante al que practican las revistas del corazón (uno también puede tener tiene su punto de frivolidad, ¿no?).
Pero vayamos al asunto. El premio Cervantes ha querido emular al Nobel desde sus inicios, de ahí que se lo haya bautizado con el humillante sobrenombre (en la medida de que es una comparación) de "el Nobel hispánico". Su función inicial era premiar a la literatura en castellano de España y Latinoamerica; el problema es que, a día de hoy, apenas se están promocionando a los autores del otro lado del charco, por lo que la lista de posibles premiables de allá es cada vez más reducida (aunque recordemos que gente como Mario Benedetti, Gabriel García Márquez o Nicador Parra todavía no ha sido "merecedor" del premiete). Dífícil cuello de botella, sin duda. En lo que respecta a los autores españoles, la cosa también está muy jodida. Decidieron premiar (por enchufismo de Cela) a un autor de segunda fila como José García Nieto frente a José Ángel Valente (ya muerto) y a un oportunista como Francisco Umbral frente a Juan Goytisolo (que ha declinado públicamente recibir un premio tan corrupto). Este año, en teoría, debería recaer en un español, ya que el año pasado decidieron premiar la aburrida (aunque muy erudita) prosa de Sergio Pitol, una especie de Nabokov en mejicano. Pues bien, ahí va lista que propongo: Juan Marsé (73). El novelista catalán ha escrito algunas de las mejores páginas memorialísticas de la Barcelona de los 40, 50 y 60, algo por lo que servidor siempre estará en deuda con él (jamás olvidaré la lectura de Últimas tardes con Teresa en el instituto: amenizó el yermo panorama social en el que flotaba). Cada año lo proponen y cada año se queda a las puertas (parece que aún no han perdonado su inconformismo). Ana María Matute (80). Un amigo mío, venido de otra galaxia, dice que sólo hay dos nombres en las letras españolas que merezcan el premio Cervantes: Leopoldo María Panero (ya saben, el maldito) en poesía y Ana María Matute en prosa. No he leído nada de la Matute, pero dicen que sólo por Olvidado Rey Gudú ya merece la pena. A su favor, en este país de-lo-políticamente-correcto-de-puertas-para-fuera: que es mujer. En cuanto a los Goytisolo, Juan (75) y Luis (71), ya ha reusado públicamente del premio, pero a mí, qué quieren que les diga, su prosa experimental hasta ahora no me ha conducido a ningún sitio. José Manuel Caballero Bonald (80), al que últimamente le están entregando todos los premios posibles (en dos años se ha llevado el Reina Sofía de Poesía, el Nacional de Poesía y el Nacional de las Letras) parece un serio candidato a llevárselo este año. Es un poeta sincero y honesto (aunque no el mejor) y su prosa (pienso en sus memorias más que en sus novelas) es limpia y erudita. No sería una mala elección. Ángel González (81), es el poeta de la generación del 50 que mejor ha sintonizado con los jóvenes (no sé hasta qué punto el que sea amigo de Joaquín Sabina, el poeta oficial del país, tiene algo que ver al respecto). En contra suya: que todas historietas se la traen, en el fondo, bastante floja. También es honesto. Por lo que respecta a la dramaturgia, sólo hay un nombre que reúna un curriculum importante, y éste no es otro que Alfonso Sastre (80): el problema han sido sus continuas manifestaciones a favor de ETA y de la independencia del País Vasco, lo que también le ha originado el máximo ostracismo a nivel estatal (si lo premiasen sería algo así como cuando al reaccionario Harold Pinter le dieron el Nobel el pasado año). En cuanto al egocéntrico Javier Marías (55), todavía es joven: ya le darán en el futuro éste y otros premios de mayor alcurnia con el que saciar su sed de reconocimiento.
Ya han visto: un premio conservador para premiar a los mismos de siempre. Parece que no haya nadie más sobre el planeta (de los filósofos ni hablamos: recordemos que Agustín García Calvo sigue vivo). No, si al final iba a tener razón Cela cuando dijo que el Cervantes está suficientemente corrompido y lleno de mierda como para que a él le importe (aunque ésta afirmación pública no le impidió recoger muy gustosamente el premio al año siguiente: esto son principios y lo demás es tontería). Ah, si los griegos levantasen la cabeza...

1 Comments:

At 19/10/06 21:37, Anonymous David said...

Tronco te linke en mi blog. Ya nos vemos en los comentarios de el tuyo, que hay muxo que decir.

 

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