viernes, octubre 06, 2006

Rebelación

Heroin (Lou Reed, 1968)

Ya no sé a dónde voy
Pero voy a intentar ser el rey si es que puedo
Porque eso me hace sentir un hombre.
Cuando me meto un chute en la vena
Te aseguro que las cosas son muy distintas.
Cuando me largo bien lejos
Y me siento el hijo de Jesucristo.
Y me parece que ya no sé nada.
Y me parece que ya no sé nada.
He tomado una gran decisión.
Voy a intentar anular mi vida.
Porque cuando la sangre empieza a fluir
Cuando sube por el cuello de la jeringuilla
Cuando me voy acercando a la muerte
Vosotros no podéis ayudarme, tíos.
Ni vosotras tampoco, chicas, con vuestras
[bonitas palabras.
Por mí podéis iros a paseo.
Y me parece que ya no sé nada.
Y me parece que ya no sé nada.
Me gustaría haber nacido hace mil años
Me gustaría haber navegado por el mar de noche
En un enorme barco de vapor
Yendo de una tierra a otra.
Con traje y gorra de marinero,
Lejos de la gran ciudad
Donde un hombre pueda ser libre
De todos los males de este lugar
Y de mí mismo y de quienes me rodean.
Y me parece que ya no sé nada.
Y me parece que ya no sé nada.
Heroína, sé mi muerte.
Heroína, eres mi esposa y mi vida
Porque hay un canal en mi vena
Que me lleva al centro de mi cabeza.
Y entonces estoy mejor que muerto
Porque cuando el jaco empieza a fluir
Todo me importa un pimiento.
Y vosotros, los palilleros de esta ciudad,
Y todos los políticos con sus mentiras
Y la gente, siempre se macharán los unos a los otros
Colocando todos los cadáveres a montones.
Porque cuando tengo la heroína en la sangre
Y esa sangre me llega a la cabeza
Le doy gracias a Dios por estar hecho polvo,
Le doy gracias a vuestro Dios por no enterarme de nada
Y le doy gracias a Dios porque no me importa nada.
Y me parece que ya no sé nada.
Y me parece que ya no sé nada.

***

Hace poco dos personas me hicieron recordar una noche de fiesta, en La Laguna City, tierra de estudiantes y snobs (para consuelo de tontos peores son los snobs santacruceros). Lo cierto es que esa noche quedé francamente mal con el grupo, pues el cuerpo no me pedía pasar un rato agradable con gente agradable (estudiantes de filosofía, cuando yo aún no había entrado en esa carrera), sino fumar unos cuantos canutos e irme a la cama a dormir. De la realidad no quise saber nada más. La historia de este pequeño descenso a los infiernos comenzó así: al principio salía con gente que bebía alcohol como una obligación ineludible para pasarlo bien (cuando me refiero a beber lo que quiero decir es pillar una borrachera con todas las de ley). Como esta gente no eran más que una panda de capullos (ahora distribuidos a lo largo y ancho de la Península, pues todos ellos han decidido ser guardia civiles), pronto (en realidad fue tarde) me separé de ellos. El nuevo grupo con el que me junté moderaba más sus sesiones alcohólicas, pero no cesaban de fumar un porro tras otro. A veces tres, a veces más, ése era el mínimo. Los días pasaban uno detrás de otro en el barrio (ver imagen) sin otro fin que el de fumar. Aunque mataba neuronas, no me importaba, porque en el fondo lo único que quería era estar lo más lejos posible de la realidad. Hasta que, poco a poco, lo fui dejando, quién sabe por qué motivos (¿vería la luz?). El caso es que hasta que el otro día estas dos personas me hicieron recordar aquella salida festiva no había caído en la cuenta del enganche que tenía con la droga como vía de escape. ¡La culpa de todo la tiene OFRA!