domingo, octubre 01, 2006

Santo Tomás de Aquino: la distinción esencia/existencia


El texto que a continuación reproducimos (igual que los anteriores de San Agustín y Tomás de Aquino) partenece a los resúmenes que realicé para unos seminarios de filosofía medieval entre abril y mayo de 2006. La presente clase extardinaria, centrada en la distinción tomista de esencia/existencia, fue impartida por don Antonio Pérez Quintana, una de las pocas personas dentro de la Facultad que no le hace ascos a la filosofía del medievo.

1. LA DISTINCIÓN TOMISTA

Empezaremos con una idea que salió a relucir en el turno de preguntas del primer día de la conferencia (2-V-2006): que a la filosofía medieval no hay que despacharla como simple teología, tan denostada en el ideario analítico-materialista que nos ahoga en la actualidad, antes bien, conviene analizarla con el mismo grado de objetividad con el se estudian otros períodos de la historia, pues al fin y al cabo estamos hablando de 11 siglos en los que también sucedieron cosas, a pesar de que el estigma religioso estuviese presente en todas y cada una de ellas1. Por lo tanto hay que dejar de ver a la Edad Media como el rancio paréntesis que abarca desde Aristóteles a Descartes, pues lo cierto es que en este período también surgieron importantes figuras dedicadas al ejercicio del pensamiento, como Juan Escoto Eriúgena, Avicena, Averroes, Agustín de Hipona, Anselmo, Alberto Magno o Ramón Llull, sin olvidar, claro está, a Tomás de Aquino, que es de quien nos vamos a ocupar en las líneas que siguen. Aunque Tomás fue primariamente un teólogo —apreciación que conviene tener muy presente para entender la idea última de su metafísica—, existe una diferencia notable entre el modo en que éste se expresa a como lo hace, por ejemplo, Agustín de Hipona: si para el segundo predomina el “orden del corazón”, en Tomás, cuando menos en tanto que filosofía como teólogo, existirá una superioridad del “orden intelectual”, en la medida de que en su metafísica hay una tendencia hacia la existencia más que a la esencia. Como el tema da para mucho, nos vamos a limitar en una sola cuestión, que es la de reflejar su diferencia más clara respecto al pensamiento de Aristóteles, o lo que es lo mismo, la distinción entre ser y creencia, una innovación que le llevó a ser considerado racionalista en algunos sectores y que le sirve para introducir la modalidad entre esencia (potencia)/existencia (acto). Y es que si algo ha caracterizado al tomismo ha sido esta distinción entre esencia/existencia, una orientación que lo separa claramente del fondo existencialista que venía dominando el pensamiento desde Platón. En este intento de conformar una teología con fondo profundamente filosófico, Tomás se servirá de Aristóteles, un gesto bastante provocativo para su época, pues no hay que olvidar que por aquel entonces dicho autor estaba prohibido2.

2. LOS PRECEDENTES ARISTÓTELICOS

En los siglos XIII-XIV el problema no es que haya individuos, sino universales. Aquino está atrapado por esa tradición (igual que Agustín) que arranca en Platón y Aristóteles, cuyo peso en el medievo sigue siendo enorme (de ahí que la composición de materia/acto se dé tanto en Tomás como en Aristóteles, aunque, como hemos visto, en Tomás también encontramos la esencia/existencia, cuya distinción es problemática, al constituir la dualidad en la que se inscribe el pensamiento tomista). El problema con el que se encontró Platón es el mismo que tuvo Parménides, esto es, la exigencia de un pensamiento racional en estado puro. Por otro lado tenemos a Heráclito, defensor de la experiencia sensible. ¿Cómo unir estas dos maneras de ver el mundo? Platón dará una respuesta a este interrogante al sostener que las cosas de este mundo sensible son ideas, meras copias. Para Aristóteles, en cambio, las únicas formas del mundo son las individuales, que son las que persistirán en el pensamiento cristiano: las formas están en los individuos y esas formas persisten como modelos en el creador de las cosas (son los modelos de acuerdo con los cuales son creadas las cosas). En Aristóteles hay, por tanto, una rehabilitación de lo individual, de lo concreto (esto supone, en parte, un cierto alejamiento del esencialismo platónico, pero no del todo). Aunque para Tomás la forma aristotélica explica lo que es la cosa, pero no el hecho de lo que la cosa es, tendrá muy presente las demandas a las que el pensamiento de Aristóteles hizo frente y que a continuación vamos a comentar muy brevemente:
1) El problema del devenir: tal y como lo entiende Aristóteles, proviene de Heráclito (para el que sólo hay devenir) y Parménides (para quien no hay movimiento ni devenir, únicamente lo el ser que permanece). Platón traslada el ser al mundo de las ideas y el devenir al mundo de lo sensible. Esta solución no satisface a Aristóteles, ya que implica dividir el mundo en dos. Por eso Aristóteles opta por otra solución que tiene que ver con la teoría de la sustancia, que permanece en el cambio (el cual implica que algo en la cosa cambia). Resumiendo, Aristóteles trata de conciliar el ser y el cambio (no se puede negar el cambio ni el acto). El sustrato de la cosa es lo que significa en Aristóteles materia. Frente a Parménides, plantea algo intermedio entre el ser y el no ser: la potencia3.
2) La limitación del acto: es un problema muy discutido en la Edad Media. Su desarrollo es llevado a cabo por la escolástica, la cual divide al ser en acto puro y tal es la idea de Aristóteles: no contender ninguna dimensión de potencia. También mezcla la potencia con el acto. Esto es importante para los tomistas, porque perciben en ella la distinción entre lo finito y lo infinito. Así, la noción de acto de si es equivale a la perfección sin límite alguno, a algo no positivo: si el acto es limitado, la limitación viene de fuera (de la potencia). Luego lo que limita el acto es la potencia (todo ser finito es, por tanto, un compuesto de potencia y acto). Así, nos encontramos con que el ser infinito (Dios) es simple, ya que no admite ningún tipo de composición. En esta distinción encontramos la clave para distinguir la causa del creador.
3) La multiplicación de las formas (la individuación): ¿cómo es posible que la forma hombre se multiplique en la multitud de individuos que pueblan el Universo? Las formas, según Aristóteles, se dan en los individuos concretos. La forma es la esencia del individuo, pero al ser esencia es universal. La inversión que Aristóteles lleva a cabo de Platón es captar lo universal de los individuos (percibimos aquí un leve resquicio platonista), que tiene como consecuencia que lo individual sea un problema en el propio Aristóteles al plantear un curioso problema, que no es otro que el principio de individuación: ¡es un problema constatar que hay individuos! En la perspectiva aristotélica la solución pasa por la materia. Así, el principio de individuación tiene que ver con la composición de acto y materia (potencia). La materia es la potencia que limita al acto (la forma), esto es, que la esencia se vea multiplicada en muchos individuos.

3. EL ESSE, LA POTENCIA Y EL ACTO

Queda claro, pues, que la relación entre teología y filosofía en Tomás de Aquino está estrechamente relacionada, a su vez, con la relación entre los órdenes sobrenatural y natural, acaso debido a la influencia de Aristóteles. En la medida en que Tomás trata de comprender racionalmente los fines naturales del hombre y estructura y movimiento de los cuerpos naturales, hay en él una tendencia hacia la existencia más que hacia la esencia. Ese primado de la existencia es aceptable siempre que se tenga en cuenta varios elementos en Tomás, a saber: el esse (“ser”), la potencia (esencia) y el acto (existencia). Veámoslos.
a) Esse: es el acto por el cual una sustancia (finita) es justamente aquello que es, a saber, el acto por el cual una esencia tiene ser. “El ser —dice Aquino— no es el acto propio de la materia, sino de la sustancia del todo. Su acto, pues, es el ser del que podemos decir que es”4. Por tanto estamos hablando de un acto que no está determinado ni es determinante. “El ser —prosigue— no se dice de la materia, sino del todo. Luego no puede decirse que la materia es, sino que la sustancia es lo que es”5. Este esse (o ser) actualiza la forma y la forma a su vez determina al ser. Así, el esse pasa por ser el acto de los actos, el más profundo y más inmediato de todos ellos (la forma, por ejemplo, nunca sería sin el esse: “La forma es lo que es; y el ser, su acto; y por lo que es, la sustancia intelectual”6): entonces no debe de extrañar que el término “ser” sea para Tomás la mayor de las perfecciones (según sus propias palabras, “lo más íntimo de todas y cada una de las cosas”), y en este sentido encontramos unas evidentes resonancias con Heidegger, si bien para éste Dios forma parte de los entes y no del ser, todo lo contrario que en Tomás, claro, porque en su caso Dios es el acto puro, lo que es, el esse mismo (dicho en otras palabras: Tomás separa el ser de los infinitos mientras que Heidegger los separa de los entes). Porque Dios, a diferencia de los seres finitos, no puede ser fruto de la esencia: su esencia es el propio ser, luego no está limitado. A partir de este razonamiento resulta lógico que nos preguntemos sobre las sustancias intelectuales —como los ángeles—, “que no están compuestas de materia y de forma”, en la medida de que “la forma es lo que es; y el ser, su acto; y por lo que es, la sustancia intelectual”7. ¿Cómo distinguirlos de Dios? Gracias a la distinción entre materia/acto, ya que, por un lado, no es lo mismo estar compuesto de sustancia y ser que de materia y forma y, por otro, a Dios sólo le distingue la razón. En base a estos argumentos se desarrollará toda la teología tomista. El problema más inmediato que podemos encontrar es al introducir a Dios resulta muy complicado separar lo teológico de lo filosófico.
b) Potencia: se trata de una idea, algo intermedio entre el no ser y el acto. Francisco Suárez no seguirá este planteamiento, pues para él la potencia es un tipo de acto (si nos fijamos bien, veremos que éste es el mismo esquema que seguirá Spinoza). La potencia es una real capacidad de ser movido, una receptividad para ser conformado de una determinada manera (no es una posibilidad lógica, pues lógicamente posible sólo es lo que puede ser pensado). Esta creación a partir de la nada misma sólo supone lo posible-objetivo (no es necesario la materia previa). Así pues, la potencia es la real capacidad de ser respecto al movimiento y la forma que se da en una materia y que no se da en Dios (tiene, necesariamente, que estar ligado a lo finito). Por tanto, la forma actualiza la potencia (a la sustracción individual le falto otro acto y es lo que es, algo recibido que viene de fuera) y el acto de la potencia viene de fuera.
c) Acto: en el caso de Aristóteles (luego, en el caso de Aquino), aplicamos el acto al movimiento, la motivación y la forma. Por movimiento entendemos un acto imperfecto, algo intermedio entre la potencia y el acto (es el acto del ente en potencia en cuanto es potencia). Se trata de un acto a medias, ya que por un lado remite al motor (a quien mueve) y por otro al acto, que es el término hacia el que se encamina el movimiento, a gente u operaciones (y que constituyen el origen del movimiento). En cuanto a la forma, es el término del movimiento, por eso es entendido como el fin del movimiento o del proceso de movimiento. Esta forma se une inmediatamente a la potencia indeterminada, que es el acto, y entre ambas dan forma a la sustancia. Para Tomás, la idea de esencia (potencia) no envuelve a la existencia (acto): la existencia entonces viene de fuera, de otra parte, del creador. En la medida de que a los seres finitos la existencia les es dada, es necesario distinguir en los estos seres creados la esencia y la existencia.

4. EL TOMISMO FRENTE A SUÁREZ Y AVICENA

La concepción del ser separará a Tomás de Aquino del discurso de Avicena, filósofo musulmán para quien la existencia viene de fuera, del creador (lo contingente y lo necesario irá, por consiguiente, ligado a la existencia). Avicena tiene muchísima interés en dejar establecido que la existencia es algo íntimo de las cosas, que, como hemos dicho, viene de fuera pero que a su vez no se queda fuera, sino que forma parte de lo más profundo del ser (es más íntimo al ente que su misma forma). De esta tesis entre la distinción esencia/existencia se llegará a la conclusión de que la existencia es un accidente en el que la esencia (la forma) no puede existir sin el ser. Aquino criticará este planteamiento porque su Dios no posee una sola gota de esencia, ya que la existencia de Dios es la existencia misma; dicho con palabras más directas: Dios es la idea misma de ser, esto es, el ser puro y absoluto, y no una parte de él. De este modo se desprende que en Dios no hay ni composición ni acto (no hay realidad pero sí razón), pues si bien esencia/existencia son lo mismo, en Dios no existe la distinción real, sólo razón. Sin embargo, no todos los escolásticos secundarán la doctrina tomista, a pesar de ser muy popular durante los siglos posteriores. Tal es el caso del español Francisco Suárez, escolástico del renacimiento para quien la existencia es la esencia que existe. Este razonamiento le lleva a definir al ente como “aptitud para existir” (la esencia real de las cosas), donde real puede ser tanto lo posible como lo que es. Dado que Suárez es incapaz de entender que la existencia sea algo distinto del propio existir, rechazará esa distinción entre ser/existencia entre los seres finitos8.
1La idea es que si prestamos atención a la literatura o a los celebradísimos movimientos pictóricos que se dieron en esta época, la filosofía no debe suponer una excepción.
2Este “rescate aristotélico” tuvo sus antecedentes en Averroes o Alberto Magno.
3Hegel supo ver la enorme profundidad de este concepto, y la solución que le da es unir el ser con la nada, con lo que obtendríamos el devenir (recordemos que Hegel considera a Aristóteles el mayor dialéctico de la filosofía).
4Cfr. Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, I, Editorial Católica, Madrid, 1967, pp. 540-541.
5Cfr. ibid.
6Cfr. ibid.
7Cfr. ibid.
8Recordemos que en Tomás la criatura es una esencia que no contiene la esencia que lo forma, una idea que retomarán siglos después Descartes y Spinoza, aunque su caso desde una óptima más esencialista que metafísica.